Bordieu solía hablar de “las cocinas de la ciencia” para señalar ese espacio donde todo es todavía un proceso inacabado, cerca o lejos de las conclusiones teóricas que dan cuerpo a un sistema. Igual se puede hablar de “las cocinas de la literatura”, para designar esa región indefinida donde las ideas nacen, pero con un destino aún incierto. Esta región encarna de
mejor manera en el cuaderno de notas, donde el escritor acumula frases, párrafos, ideas inconclusas sin saber todavía de qué serán parte, pero muy consciente de que la práctica de escribirlos responde a la tentativa casi imposible de capturar con la palabra la integridad de un pensamiento. En el cuaderno de notas, la escritura es casi tan veloz como el cerebro, y por ello tiene su propia sintaxis, su propia puntuación, su propia estructura, y exige su propia modalidad de lectura.
Este libro de Silvia Goldman reúne diferentes cuadernos de notas, todos ellos vinculados por la experiencia individual y colectiva del dolor. Muchos de sus textos son tentativas de poemas, pensamientos en estado germinal, fragmentos que aspiran al ensayo, pero que en su parcial
indefinición sugieren cosas que exigen quedarse allí, en el umbral donde todavía el proceso creativo se mueve. Porque estos textos tienen latido, e intentar imaginarlos acabados sería como disecarlos.
Residuos, en su tentativa de fundar una colección de marginalia, presenta su tercera entrega en un contexto histórico difícil y adverso para toda la población inmigrante, de la cual los escritores hispanos somos parte. Nuestra decisión de promover una literatura del margen, distante de los géneros que acaparan el prestigio y el mercado, acaso refleje nuestra patria íntima: ese umbral abstracto que habita el que no termina de llegar ni termina de irse.
Este libro forma parte de la colección Residuos
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