Lecturas: Miscelánea amorosa

Miscelánea amorosa

 
1.-Sabios en torno a la amistad y al amor

 

Si se juzga al amor por la mayoría de sus resultados, se le encuentra más próximo al odio que a la afinidad amical –La Rochefoucault
 

La reconciliación con nuestros enemigos responde simplemente a un deseo de mejorar nuestra posición, o al cansancio de vivir en conflicto, o al miedo de que algo malo nos pase –La Rochefoucault
 

Todas las pasiones implican excesos, de hecho los excesos son los que las hacen pasiones –Chamfort
 

Un hombre enamorado siempre intenta parecer más digno de amor de lo que realmente es; por eso es que casi todos los enamorados son ridículos –Chamfort
 

Comúnmente se dice que una mujer sólo puede darte lo que puede. Eso es absolutamente absurdo: una mujer te da lo que tú piensas que obtienes, porque en estos asuntos es tu imaginación la que calcula el monto –Chamfort
 

A pesar de los hombres, disfrutaré todavía los encantos de la compañía, y en mi decrepitud viviré con el yo que fui como si lo hiciera con un amigo más joven –Rousseau
 

Sucede con las mujeres que no nos quieren como con los seres “desaparecidos”: que aunque se sepa que no queda ninguna esperanza, siempre se sigue esperando –Marcel Proust
 

Un amigo menos… ¡Qué alivio! –Jules Renard
 

Algunas quizás alcanzarán las puertas del templo, pero ninguna podrá ver su interior –Flaubert
 

Amor: continua interacción de sacrificio y desfalco –Marcel Appenzell
 

Amor: locura temporal que se cura con el matrimonio –Ambroce Bierce
 

Espalda: parte corporal de tu amigo que tienes el privilegio de contemplar cuando la fortuna te abandona –Ambroce Bierce
 

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2.-Amor y cátedra: la mujer maestra
 

Madame de Warens educó sentimentalmente a Rousseau.
 

Madame du Chatelet le enseñó astronomía a Voltaire.
 

Madame Beaumont le enseñó todo a Chateaubriand.
 

En el cuadro “Lavoisier y su esposa”, de Jean Jacques Louis David, la mujer determina la composición vertical de la imagen. La musa del amor dirigiendo a la razón y a la ciencia…
 

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3.-Películas de amor

 

Recomiendo solamente aquellas en que el amor es sinónimo de sometimiento y tortura. He aquí una pequeña lista:

 

-La perra, de Jean Renoir: Humillaciones a granel en esta historia de un pobre viejo que se enamora de una coqueta mucho más joven que él.

 

-El ángel azul, de Joseph von Sternberg: Otra historia de un viejo, esta vez enamorado de una cabaretera malvada que lo convierte en payaso. Ni siquiera los siglos de filosofía, que el viejo profesor ha hecho suyos en años de lectura, impiden su truculenta caída.

 

-On Human Bondage, de John Cromwell: Un pobre estudiante que aspira a ser médico termina más bien como objeto de estudio. Mientras tanto, como si la vida no le hubiera golpeado suficientemente, se enamora de una mesera cuya crueldad es tan profunda como su ignorancia. No dormí tres días tras verla.

 

-Luna de hiel, de Polanski: A Polanski no creo que le gusten mucho los ingleses. El arquetipo del inglés moderno –Hugh Grant- es un pobre cojudo que se encuentra en un barco con el mismísimo diablo, que no duda en enseñarle el infierno del amor.

 

-Posesión, de Andrew Zulawski: Imposible describir esta película, y sin embargo es la mejor de todas. Sombría, excesiva, repugnante. Todos los malos adjetivos le caben.

 

-Las amargas lágrimas de Petra von Kant, de Fassbinder: De quién más, sino de Fassbinder, un maestro. Película dolorosa, a pesar de su frialdad, o quizás por ella. Hasta ahora puedo contemplar horrorizado ese teléfono que no suena.

 

-Un corazón en invierno, de Claude Sautet: Dicen que en la mayoría de las películas americanas el amor es una solución, mientras que en las películas francesas es un problema –filosófico o vital, digamos. Aplaudo la tesis, y ninguna película lo demuestra mejor que esta joya del desamor, la renuncia y la distancia –o de la imposibilidad de amar, que es peor.

 
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4.-Un cuento de amor

 

Kafka era un genio hasta en sus papeles perdidos. Cualquiera que hubiera tenido la fortuna de hurgar en la papelera donde iban a parar sus escritos fallidos, se habría ganado cierta inmortalidad con esos despojos con tan solo atribuirse su autoría. “Kafka, dame tus sobras, que cualquier párrafo tuyo hunde en la desilusión a todos los que intentamos culminar por lo menos una página decente”.

 

Casualmente, entre sus papeles archivados figura este pequeño cuento de amor, que yo leo y releo, asombrado de su extraña luminosidad:

 

“Yo amaba a una muchacha que me amaba también, pero tuve que dejarla.

¿Por qué?

No sé. Era como si estuviera rodeada de un círculo de hombres armados, que apuntasen con sus lanzas hacia fuera. Siempre que me acercaba, daba contra las puntas, quedaba herido y tenía que retroceder. Sufrí mucho.

¿No era culpa de la muchacha?

Creo que no, o mejor dicho, lo sé. El símil anterior no ha sido completo, también yo estaba rodeado de hombres armados, que apuntaban con las lanzas hacia el interior, o sea contra mí. Cuando quería abrirme paso hacia la muchacha, lo primero era quedar enganchado entre las lanzas de mis hombre y ya no pasaba de allí. Tal vez yo no haya llegado nunca hasta los hombres que rodeaban a la muchacha, y si acaso logré llegar, lo hice ensangrentado por mis lanzas y perdido ya el conocimiento.

¿Se quedó sola la muchacha?

No, otro llegó hasta ella, fácilmente y sin trabas. Extenuado por mis esfuerzos, fui testigo de ello con tanta indiferencia como si yo fuese el aire a través del cual sus rostros se juntaron en el primer beso”.
 

5.-Amor a muerte

 

-En cierto cuento, creo que de Villiers, un aristócrata encuentra a su amante en la cama con otro sujeto. Preparado de antemano para tal situación, toma de su bolsillo una daga y la clava en el corazón de su rival. Luego procede a inmovilizar a la infiel y comienza a hacerle cosquillas en los pies. Así, mientras el desafortunado se desangra en medio de gritos de agonía, la mujer, mirándole la cara, se deshace en carcajadas. No he visto muestra más cruel y refinada de la venganza.

 

 

Marco Antonio Escalante, autor de “Malabarismos del tedio” (Siete Vientos, 2013)

 

Lecturas: Amores inverosímiles

Amores inverosímiles

 

 

El harén piadoso

 

Entre la multitud de historias que Georges Perec incrusta como dijes en ese rompecabezas genial que es La vida: instrucciones de uso, rescato por ahora su versión de “El conde Gleichen” –atribuida a Yorick.

 

El conde Gleichen era un noble alemán que marchó a oriente como guerrero cruzado. Su arrojo no le ayudó mucho y en una breve batalla cayó en manos de los sarracenos. El sultán, considerando el abolengo de su prisionero, le negó el privilegio de la cárcel y lo condenó a cuidar los jardines de su palacio. Un llanto militar acosa la memoria cuando uno piensa en este hombre duro lidiando con flores. Pero fue este contraste el que tal vez llamó la atención de la hija del sultán, que en una cita clandestina le ofrece al conde la posibilidad de escapar, siempre y cuando la haga su mujer y se la lleve a Europa. El conde acepta mortificado, advirtiendo a la muchacha que él tiene esposa en su tierra. Inútil esfuerzo: ella está acostumbrada a la pluralidad.

 

medieval-courtly-loveLos amantes fugan y marchan primero a Venecia. Gleichen solicita una entrevista con el Papa para exponer su caso y acceder al perdón de la iglesia. El Papa consiente, pero exige que la sarracena se convierta al cristianismo. Nada más fácil: la chica tiene mucho que enseñar a los fanáticos de Occidente. La pareja marcha luego a Alemania, donde la esposa de Gleichen, enterada de todos los acontecimientos, lejos de sentir celos, agradece a la muchacha sarracena el haberle devuelto al marido vivo. Se consolida entonces una familia singular, un triángulo de amor y virtud donde los hijos tienen dos madres. Gleichen y sus dos mujeres comparten el mismo lecho cada noche por el resto de sus vidas, y también la misma tumba tras la muerte.

 

Poco triste que la moraleja sea inevitable en este caso. El conde, transformado en los jardines del sultán, regresó medio árabe. Y fue así que su matrimonio cristiano terminó como un harén piadoso.

 

Antonio Solario

 

Solario era un gitano que trabajaba como herrero itinerante a principios del siglo XV. Cierto día llegó a Nápoles y encontró trabajo temporal en casa del pintor Colantonio. La hija de éste tenía cierta fama por su belleza, y el gitano, sensible para el amor, fue flechado en un instante. Tuvo además el atrevimiento de pedir su mano, a lo cual Colantonio, para salir del aprieto con astucia y cortesía, respondió: “Tendrías que merecer a mi hija. Si me demuestras que eres mejor pintor que yo, gustoso te la entrego”. Solario pidió nada más y nada menos que diez años para cumplir con tal requisito, y Colantonio asintió convencido de que el gitano se olvidaría del asunto en unos cuantos meses.

 

Antonio_SolarioSolario, sin embargo, era la encarnación de la perseverancia. Marchó primero a Boloña, donde consiguió que le aceptaran en el taller de Dalmasio. Con los rudimentos del arte aprendidos, marchó luego a Venecia, después a Florencia y Ferrara, y por último a Roma –lugares donde perfeccionó su técnica y su estilo. Luego de diez años, regresó a Nápoles con una identificación falsa. Invitado a la corte, pintó a la reina con tal delicadeza y perfección, que la buena señora, al enterarse de su historia, se ofreció de celestina. Llamó a Colantonio para mostrarle el cuadro y pedirle su juicio. El pintor, absorto, aceptó que era el cuadro más bello que había visto. En ese momento la identidad de Solario es revelada y Colantonio, vencido por la tenacidad del gitano, lo acepta como su nuero: “Si bien no mereces a mi hija por tu linaje, la mereces por tu genio”.

 

Poco importa si esta historia de amor es verdadera. Lo relevante es que Solario es un artista moderno: no cree en la inspiración, sino en el aprendizaje. Su genio es obra de la diligencia. Nunca deja de ser el prosaico ser humano del principio: de día marcha a trabajar como herrero en las calles de pueblitos aledaños, de noche es un pupilo ejemplar de Dalmasio. El ardor sensual es apenas un primer impulso y un objetivo ilusorio. Su logro real es el arte, las madonnas que ha legado al futuro. Según la opinión de los expertos, nunca existió un Colantonio. El gitano Solario y su obra son, en cambio, reales.

 

El artista del amor

 

Como el artista del hambre, el artista del amor vivió en su oficio de amar hasta consumirse. Su vasta experiencia amatoria se resume, sin embargo, en paradojas: nunca habló de conquistas, sino de sometimientos, su frugalidad reposó en la abundancia, su modo de ser fiel fue plural. Así como en torno al suicidio escriben mejor quienes no van a matarse, sobre el amor que nos hablen los castos: sus dos novelas en torno al asunto fueron un fracaso. Su diario no lo es tanto. Contiene algunos fragmentos cuyo valor literario es limitado, pero que ilustran hasta cierto punto su singularidad como amante. He aquí el fragmento que corresponde a mayo del 79:

 

“Nunca es posible discernir el final de una relación amorosa. Por lo general, se corta definitivamente para evitar la continuidad del dolor –es decir, por cobardía. Es muy reducido el número de amantes que observan que a una relación, a pesar de la crisis, le faltan capítulos por escribir, episodios que ya existen virtualmente. Como el escritor que a pesar de haber comenzado una nueva novela regresa, por un ánimo de perfección, a la primera, con el fin de pulir una oración, agregar una frase o redondear una idea, estos amantes pueden iniciar nuevas relaciones y mantener sin embargo las anteriores como si fueran asignaturas pendientes. No se trata de gula amatoria, sino sencillamente de asumir la vida como suma de episodios abiertos que siempre pueden enriquecerse. Y así, el amante que se integra no ya a un triángulo amoroso, sino a un polígono donde confluyen todos los amores de su vida, lleva en sí el generoso desprendimiento de quien se somete al rigor del presente y del pasado, y observa en cada historia que vive posibilidades infinitas. Ama de veras porque ama a todas a las que amó en todo instante.”

 

Murió en Tarija en 1992, saturado de amor y tabaco. Aunque dejó un buen número de viudas, fue mucho mayor el número de mujeres que amó sin ser amado. Dice mucho en su favor el no haber dejado hijos.

 

La Marquesa de Pivardiere

 

Educada rigurosamente por un padre sabio, la Marquesa de Pivardiere llegó a la conclusión de que el amor no es algo esencial, sino fenoménico: una enfermedad adquirida en sociedad y susceptible, como toda dolencia, de ser curada con los remedios pertinentes. Negando la ubicuidad del amor, lo bajó del cielo a la tierra, censurándolo como una banalidad del espíritu, como una pérdida de tiempo para el alma, que debiera más bien estar empeñada en el saber filosófico.

 

Pero sucede que cierto día, en una reunión de la aristocracia, vislumbra en un rincón a un joven de rostro triste. No le escucha decir una palabra, no logra contemplarlo de cerca, no sabe ni siquiera su nombre; y sin embargo, algo la empuja hacia ese misterioso sujeto. Con el corazón acelerado la marquesa presiente la magnitud de su error. Aquel hombre será su perdición.

 

En esta pequeña historia de Hoffmann, se advierte todo el peso del amor a primera vista, y también el del desconocimiento y la distancia. Mientras el joven permanezca lejos de la marquesa, mientras ella no logre penetrar el misterio de su personalidad y todo sea superficie, el amor persistirá con la misma fuerza inicial. Los amores que más duran son los amores platónicos: la realidad no los ha mellado, el conocimiento no ha tenido la oportunidad de afianzar en ellos su tedio, perviven porque son todavía esa fugitiva sombra que abrazaba Quevedo.

 

El conocimiento, la sabiduría, no pudieron impedir que la marquesa fuese conquistada; menos podían liberarla del sometimiento. Las sombras anónimas acosan de manera impredecible. Su aparición es solamente el reflejo material de un anhelo interior de sufrimiento y dicha que desde siempre existe en nosotros.

 

Morir de amor

 

1.-En el cuadro de David que describe la pasión de Antíoco, el joven aparece desfalleciente en su lecho, dirigiendo una mirada lánguida a Estratonice, la mujer que ama en secreto. Seleuco, padre de Antíoco y marido de Estratonice, ha mandado a traer al mejor médico de su imperio: Erasístrato, que en el cuadro aparece señalando el origen de la enfermedad del chico. El milagro que ilustra el cuadro se resume en la mano dadivosa que extiende el viejo Seleuco, que para evitar la muerte de su hijo le cede su propia esposa. Una sombra tenue cubre el rostro del rey, un aviso del tiempo tal vez, o la melancólica sabiduría que llega con la edad. El amor es de los jóvenes: Antíoco y Estratonice están vestidos de luz. Son criaturas de palidez mortuoria, pero erótica: se advierte en ambos el tránsito a la desnudez. Morir de amor es también una metáfora del orgasmo.

 
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2.-También Casanova sintió que se moría cuando Henriette lo abandonó. En sus memorias figura esta confesión lúcida: “Tan pronto como estuve solo en mi cuarto, lo único que pude hacer fue tirarme en la cama luego de asegurar la puerta, sin siquiera tomarme la molestia de ordenar algo de comida. Tal es el efecto de una gran pena: estupidiza; no hace que su víctima piense en matarse, puesto que cancela el pensamiento; pero tampoco le deja un mínimo de voluntad para continuar viviendo”. Comentarios sobran.

 

Marco Antonio Escalante, autor de “Malabarismos del tedio” (Siete Vientos 2013)

 

Pintura: Tres breves notas en torno a Rebecca Wolfram

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Una muestra pictórica de Rebecca Wolfram

 
 

1.-Dos mundos convergen en estos cuadros de Rebecca Wolfram: el de la caverna del hombre prehistórico y el de la ciudad contemporánea. Las líneas geométricas que evocan los elementos de la civilización, siempre están envueltas por ese tono oscuro de la pintura rupestre. Es como si estos cuadros le dijeran al espectador que Altamira está en nosotros, que la vieja dicotomía barbarie-civilización es ilusoria, que en el centro de nuestras ciudades modernas edificamos sofisticados rascacielos y museos, mientras en los extramuros, escondidos, florecen los mataderos industriales, los campos de concentración, las prisiones. Los cuadros de Rebecca Wolfram ilustran, en suma, esa contradicción trágica entre la evolución tecnológica e intelectual del ser humano y su degradación moral. En ellos, el camal remite a la sala de tortura, la usina al campo de concentración, el animal sacrificado al disidente asesinado por las fuerzas del orden.

 

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2.-La muestra incluye una serie de miniaturas cuyo tema central son las ratas. Todas muertas. Todas, al parecer, envenenadas, o sacrificadas en laboratorios. Algunas son captadas desde abajo, de modo tal que no podemos ver sus ojos, pero sí su boca cerrada –una boca que lejos de sugerir ferocidad, sugiere inocencia, mueve incluso a la ternura. La rata es el animal ilegal, el único que no tiene lugar ni en el zoológico. Maldito por excelencia, su historia no se mueve. Permanece estancada en la leyenda de la peste. En las alcantarillas o los laboratorios, o en la intimidad de los callejones, su visión fugaz es una memoria incómoda para el hombre civilizado. Trae a la memoria la realidad del subsuelo, con sus implicancias históricas y corporales: Guerras, crímenes y genocidios por un lado; aguas putrefactas y excrementos por el otro. La rata no es animal de apariencias. Como los cuadros de Wolfram, quiebran el cristal de ese compartimento estanco que habitamos.

 

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3.-La ética es todavía el más descuidado de nuestros conocimientos. La civilización se esmera en la construcción de apariencias, pero el artista está allí, para recordarle las verdades del subsuelo. En un cuadro notable de Rebecca Wolfram –Undisclosed- se observa una imagen que evoca un camal que es también una sala de tortura; en ella, el hombre es víctima y verdugo, hombre y animal, y tiene cola. Está armado y lleva máscara, es civilización y barbarie. Ese cuadro es un espejo que invita a la reflexión ética y política. Por ejemplo, mientras contemplaba este cuadro, me asaltó una pregunta sencilla y descarnada: En el paraíso del gourmet y la bonanza, ¿quién cuestiona lo que come? Me vino luego a la memoria una frase brutal de Ciorán, a propósito de Guido Ceronetti: “No comer como los demás es aún más grave que no pensar como ellos”.

 

Marco Antonio Escalante

 

Libros: La prosa de Alejandro Zambra

Alejandro Zambra, en tres notas

 

La vida privada de los árboles, Alejandro Zambra, Editorial Anagrama, 69 pp.

 

1.- En Bonsai, la primera novela de Alejandro Zambra, cada vez que la historia pretende crecer, el autor corta la rama. Pero deja constancia de su estrategia: No nos ocupemos de esto, dice, porque no es importante, regresemos al punto central del relato. En una tradición literaria que abunda en árboles frondosos, ramas que se multiplican innecesariamente, ideas que pretenden abarcarlo todo, la novelística de Zambra se enfoca en espacios, ideas, personajes y vivencias minúsculos: en tres palabras, es un bonsai. Resulta natural, por ello, que Zambra haya encontrado un espíritu afín en Julio Ramón Ribeyro, uno de esos ejemplos insólitos de escepticismo y elegancia que opuso a la ambición y la fama, la discreción y el silencio. Ribeyro ofrece acaso la descripción más certera de las novelas de Zambra:

 

“Una novela no es como una flor que crece, sino como un ciprés que se talla. Ella no debe adquirir su forma a partir de un núcleo, de una semilla, por adición o floración, sino a partir de un volumen herbóreo, por corte y sustracción.”

 

Zambra deja constancia de las sustracciones porque tan importante como la historia que relata, es la historia de su plasmación, el método que lleva a un lenguaje minimalista y poético. Como Walter Benjamin, Zambra adora su taller, allí vive, allí se queda, desde allí lanza al mundo sus novelas, que parecen existir en una suerte de limbo en que conviven concepción y ejecución. De allí la naturaleza fragmentaria de su obra: el fragmento vive todavía en el proceso, es una célula viva, esperando inútilmente por la realidad del conjunto.

 

En La vida privada de los árboles, segunda novela de Zambra, otro procedimiento narrativo salta a la vista: la reiteración. No es un simple procedimiento retórico. Como quien elabora un dibujo al carboncillo, el autor pasa el lápiz dos y hasta tres veces en ciertas porciones del relato para darles relieve visual o conceptual, y también ritmo, respiración poética. Con trazos repetidos, enfatizados, es que se anuncia la posibilidad de la muerte: “Ha descubierto, en su propio lenguaje, una grieta profunda: Nos nos salvaremos de ésta. Salvarse de ésta equivale a que Verónica cruce, como si nada, un umbral cerrado desde hace horas. Salvarse de ésta sería, acaso, despertar. Pero no puede despertar: está despierto”.

 

He aquí un autor que invita a esa intimidad creativa en que se gesta una obra. Nos obliga a imaginar sus cuadernos de notas, sus lápices, sus cigarrillos. Quiere que le veamos podando su bonsai de palabras, hasta que se queda con un jardín exiguo, mínimo, pero esencial.

 

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2.-El Perú es un país de hombres tímidos. Lima es una ciudad gris. Ribeyro es un escritor peruano, y para colmo de males, limeño. Ribeyro es tímido y gris. De hecho, Ribeyro es casi un árbol. Los árboles no se deciden, habitan la duda, la inmovilidad. Miran con desconfianza el espacio que se abre más allá de ellos: el espacio del compromiso y la acción. Los personajes masculinos de Zambra son, en cierto modo, así. Pertenecen a una generación cansada del sentimiento épico y revolucionario de la generación precedente. Viven en cuartos reducidos y allí parece que se quedan siempre. El personaje central de Bonsai vive en un sótano, y una de sus distracciones consiste en mirar por la ventana los zapatos de los transeúntes. Se trata de una existencia invisible, clandestina, inoperante en el gran marco de la sociedad y la historia. ¿No le importan a Zambra los hechos que trascienden estas minúsculas covachas? Me atrevo a afirmar lo contrario.

 

Siempre recuerdo con ternura ese momento sublime de Tristes Tropiques en que Levi Strauss encuentra una roca marina en la punta de un cerro. De esa pequeña cifra hallada por azar, extrae una tesis científica. No he encontrado testimonio más conmovedor en torno al valor de las cosas pequeñas. Las novelas de Zambra son pequeñas, pero no es riesgoso atribuirles cierta clarividencia en torno al pasado de Chile. Tal vez en un bonsai sea más visible, por ausencia, la tragedia de todo un país. Aventurando una lectura política, se puede concebir a Julián, el personaje central de La vida privada de los árboles, como una miniatura de la clase media chilena: amordazada, tímida, gris, reducida al silencio y la impotencia por décadas de dictadura. Es una interpretación reduccionista, lo sé; pero los elementos que le dan forma abundan en la novela, y en ese espacio privado, reducido y silencioso en que se mueven los personajes de Zambra, hay también un murmullo imperceptible proveniente del pasado: los fantasmas de Allende y Pinochet son parte del legado familiar, y cada familia chilena es una familia con muertos o sin muertos.

 

3.-Una reseña sobre los libros de Zambra reclama brevedad. La reseña es también diálogo, lenguaje común, comunión. Termino por ello dando fe de lo que poco que sé sobre Zambra. De vez en cuando ilumina con sus ensayos las desangeladas páginas de Letras libres. Es un escritor que tiene un estilo definido, una voz, y cuando fue al Perú le encantó precisamente una frase común de los peruanos: “Eres la voz”. Tal vez leyó a otro peruano, Luis Loayza, o tal vez no. No importa: los personajes de Loayza son grises por decisión, la grisura de los de Zambra es además consecuencia. Para aquellos que crecimos leyendo las novelas totales del boom, Alejandro Zambra es un escritor insólito. Insólito incluso entre los insólitos. Es de aquellos que renuevan nuestra fe en las posibilidades de la literatura, y a pesar de su juventud, ya escribió una obra maestra.

 
Marco Antonio Escalante, autor de Malabarismos del tedio (Siete Vientos 2013)
 

Cine: Fealdad y talento, una nota arbitraria

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Talento, fealdad y calvicie

 

Es curioso, pero los mejores actores que ha dado Hollywood, son irremediablemente feos. Pienso en Warren Oates y su sonrisa equina, en Harry Dean Stanton, que parece la encarnación de la pusilanimidad, o en Jack Nicholson, cuya mirada bruta recuerda al boxeador o al carnicero. Pienso sobre todo en Harvey Keitel, que es más Keitel que nunca, más Keitel que sí mismo, cuando vende por 20 dólares a Jodie Foster en Taxi Driver o cuando baila semi-desnudo en Bad Liutenant.

 

Hay, por supuesto, otros grandes actores que no tuvieron la fortuna de nacer tan feos, pero que también están muy lejos de la belleza. Hay algo anómalo que los separa de ambos polos, que los hace únicos e inclasificables. Por ejemplo Chris Walken. Yo creo firmemente que el Chris Walken que aparece en Annie Hall es el verdadero Chris Walken, y el que anda por las calles de New York fungiendo de actor, es un impostor actuando la vida. Quien se crea el cuento de que Walken está felizmente casado y cocina una excelente pasta para sus amigos todos los domingos, es un ingenuo. Walken es por siempre el hermano de Diane Keaton que le dice al pobre Woody Allen: “Can I make a confession? Sometimes, when I’m driving, on the road at night, I see two headlights coming toward me, fast, and I have the sudden impulse to turn the wheel quickly head on into the oncoming car… I can anticipate the explosion, the sound of shattering glass, the flames rising out of the flowing gasoline…” La única instrucción que recibió Walken antes de la filmación de esta escena, tiene que haber sido “Be yourself”.

 

Stanley Kubrick, que tenía un ojo soberbio para el casting, trabajó con muchos actores de fealdad enigmática: James Mason, un profesor con pinta de bodeguero en Lolita; Malcolm McDowell, recién salidito del manicomio para encarnar al Alex de Clockwork Orange; León Vitali, aristócrata con cara de galgo que bien pudo haber sido sujeto anodino de un cuadro comercial de Gainsborough; Mathew Modine, universitario pelele metido en el uniforme de un soldado ejemplar; Vincent Donofrio, que en el mundo real esconde todavía sus azucaradas donas en cofres secretos.  La belleza de Tom Cruise, mellada solamente por su desproporcionada dentadura, fue cruelmente castigada en Eyes Wide Shut: en un baile actoral en que todo el mundo lleva máscaras, solamente él queda expuesto, desnudo, ofreciendo esa imagen que Hollywood ha comercializado hasta el tedio, como si en tal instante su única oportunidad de redención fuera un poquito de fealdad, de interesante imperfección o tristeza.

 

Este es un principio banal y arbitrario, pero al menos sustentable en un nivel empírico: la belleza, en materia de actuación, no ayuda. Toda esa generación de actores que partieron del modelaje, tienen la belleza irrefutable del universo cosmético, pero no talento. Pienso en el Rob Lowe de los ochenta, en el Keanu Reeves o el Ethan Hawke de los noventa, o en la estrella fulgurante de estos días: Robert Pattison, un James Dean descartable y sin sustancia. Los feos, que siempre abundan, siguen capitaneando la horda: el voluminoso Philip Seymour Hoffman es sin duda el mejor actor de nuestros días.

 

Otro factor interesante es la edad, que no solamente incrementa la experiencia, sino también la fealdad, y por ende la posibilidad del talento. Hace unos 20 años, conocí en Chicago a Darío Grandinetti, un actor argentino que acababa de protagonizar espantosamente una película infame: El lado oscuro del corazón. Era un tipo que reflejaba a la perfección su apellido: vociferante, maleducado, pretencioso y encima guapísimo. Por aquellos años llevaba el pelo bien largo, le llegaba creo yo a los hombros; imagino que en algunas ocasiones se hacía una colita de caballo, pues Argentina es el único país donde tal costumbre ha sobrevivido entre la población masculina. Una década más tarde me encontré a Grandinetti en una excelente película de Almodóvar: Hable con ella. Esta vez se trataba de un actor sólido, maduro, austero, capaz de darle a su personaje matices inusitados. Me sorprendió realmente que aquel fuera el Grandinetti que yo había conocido años antes, sobre todo por su aspecto físico. No le quedaba ni un pelo. Con la calvicie había arribado el genio, como en el caso del tenista Agassi, que cuando parecía un integrante de Motley Crew apenas cosechó un grand slam, y ya calvo salió victorioso en más de cinco. El síndrome de Sansón al revés: conforme se fue el pelo, vino la fortaleza moral, el misterioso principio que explica la evolución de nuestros dones secretos.

 

Marco Antonio Escalante, autor de Malabarismos del tedio (Siete Vientos, 2013)

 

Libros: Cosmópolis, del flaneur al globe-trotter

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Cosmópolis, selección y prólogo de Beatriz Colombi, Eterna Cadencia editora, 323 pp.

 

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cosmopolisDe pronto se registra un cambio de perspectiva en los programas televisivos de viajes. Da la impresión de que a las nuevas generaciones no les interesa tanto pasearse por las tranquilas calles de Europa –informándose en torno a su historia, visitando museos y lugares pintorescos, cumpliendo la ruta aconsejada por los boletines turísticos. Parece que hoy en día, la idealización de la salud corporal en las sociedades más modernas exige, además de la contemplación, trabajo físico. Se han puesto de moda, entonces, las montañas de Nepal y sudamérica, las selvas de la amazonía y del Africa, los pueblos remotos de diversos continentes a donde todavía no llegan aviones ni autos. Al flaneur del siglo XIX le gustaba caminar y llegar a un destino ilusorio eludiendo la continuidad y la línea recta; el globbe trotter apresuraba un tanto el paso, pero igual era un impresionista agitado entre los restos de antiguas civilizaciones o en el caos de las metrópolis erigidas tras la revolución industrial. Al Globbe Trekker ya no le interesan mucho ese tipo de experiencias. Quiere desafíos, paisajes agresivos que pongan a prueba su fortaleza física y moral. Quiere incluso riesgos, porque la seguridad es un privilegio tedioso del turista; y el globbe trekker no es ni quiere ser turista, sino explorador. Aunque no descubra nada nuevo, por lo menos quedará constancia de que estuvo allí, penetrando densidades vaporosas, lugares esquivos, puntos imposibles, como quien posee materialmente el paisaje y sólo concibe el viaje como recompensa pragmática. A más caminos andados, más vigor, más salud.

 

Esta relación muscular con el paisaje distante, está en las antípodas de esa aproximación platónica que tentaba a los mejores viajeros de siglos anteriores. Chateaubriand viajó a la América en barco, pero también lo hizo con la mente en la intimidad de su biblioteca, y su memoria viajera incluye datos reales y ficticios. Más radical todavía, Xavier de Maistre recomendaba el viaje imaginario, ideal, según él, para el prisionero o el enfermo, o para el escritor sedentario, que seguramente hallaría más interés en las ensoñaciones de antaño que en la huella material que les dio origen. Este tipo de experiencia parece advertir a los turistas que el viaje solamente es viaje cuando se vuelve viaje interior.

 

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Cosmópolis, la antología de literatura viajera preparada con tanto esmero y sensibilidad por Beatriz Colombi, reúne escritos marginales de intelectuales latinoamericanos de los XIX y XX, principalmente. Hay un factor común en casi todos ellos: su viaje no quiere ser exclusivamente turístico. Quiere algo de los elementos que enaltecen la fuga platónica: la impresión imaginativa, la reflexión histórica e intelectual, la mutación interior en frente de lo nuevo y extraño. Muchos de estos escritos son reportajes para suplementos periodísticos, pero sus autores se empeñan en que el periodismo sea otra rama de la literatura y dejan en muchas de estas páginas lo mejor de su talento. Son particularmente memorables la crónica de Martí en Coney Island, la de Eduardo Wilde en Jerusalén, el artículo de Darío sobre Venecia, las impresiones de Mariátegui en torno a una Florencia nocturna, la divagación poética de Neruda en Ceilán, y la descarnada estampa de Roberto Arlt en frente de la Torre de Hércules –acaso lo mejor del libro.

 

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Mariátegui

En Cosmópolis colisionan ideas y sensibilidades. Mientras José Martí reconoce la pujanza y la espontaneidad del pueblo americano en su afán de construir ciudades descomunales que reflejen su ambición de grandeza, Paul Groussac encuentra en Chicago un signo de la vulgaridad americana, seducida por lo enorme, por todo aquello que es crecimiento hacia afuera, en oposición al crecimiento espiritual común a muchas sociedades delicadas de Europa. La crónica de Groussac es letal, y la sentencia con que condena a Chicago es todavía aplicable: Chicago es una ciudad mamut, reflejo digno de su feria decimonónica. Mudándonos a Italia, Mariátegui, idealista, recupera una Florencia nocturna y medieval, incompatible con el alma matinal con que insufló su marxismo heterodoxo; Darío, irreverente, prefiere el día, y con voz autoritaria calla al mozo que conduce la inevitable góndola que transporta a los inevitables ingleses por los canales prostituidos de Venecia; luego se da tiempo para descubrir los sótanos oscuros del Renacimiento: así como hacia el cielo se eleva el milagro de la capilla Sixtina, clandestinamente, bajo tierra, cientos de falsificadores trabajan incansables en la reproducción de falsos Tizianos, Peruginos, Leonardos, con la intención de castigar la inocencia de los pobres ingleses.

 

Abundan los ingleses en estas crónicas. Casi siempre son tontos, superfluos, como el estereotipo del americano actual, hijos de un imperio solvente que marchan a lugares exóticos a gastar los excedentes de sus ingresos anuales. Ya en las memorias del viajero Heine se notaba este desdén. En ellas, el inglés del siglo XIX es el turista típico que viaja por Europa con una guía en la mano y un sirviente al costado. Cuán sensibles lucen, para Heine, los trágicos y enfermizos jóvenes italianos en comparación con esos saludables ingleses, cuya limitación espiritual les impide comprender el sentido de la ópera. Y qué frágiles y delicadas son las italianas que seducen a Mariátegui en Florencia, precisamente lo opuesto de esas inglesas de apariencia masculina que en la crónica de Lucio Mansilla suben agitadas a la punta de una pirámide egipcia.

 

En los tiempos en que los escritores reunidos en Cosmópolis andaban activos, la figura de Chateaubriand estaba muy vigente. La melancolía en frente de las ruinas del pasado, la reflexión de corte político o histórico conforme se pasa por un pueblo de costumbres raras, la digresión constante que hace posible hablar de una multiplicidad de temas relacionados tangencialmente al viaje, son elementos que estos escritores toman de su par francés y que convierten al viaje en una experiencia a la vez objetiva e íntima. Ninguno llega, por supuesto, a esa elaboración de juegos y correspondencias que enriquece tanto el itinerario de Chateaubriand en Jerusalén, escrito en paralelo al itinerario impactante de su siervo Julien. Lo que ocurre, creo yo, es que Chateaubriand era un viajero genial. Ninguno de los escritores antologados en Cosmópolis lo es.

 

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Arlt

Me aventuré a seleccionar el artículo de Roberto Arlt como lo mejor del libro. Lo hice precisamente porque significa una ruptura radical con la sensibilidad viajera del pasado. El mismo Arlt lo explica con estas duras palabras, surgidas ante las ruinas de la Torre de Hércules: “En frente, estaba el Mar Tenebroso, donde la geografía antigua no sabe si situar el Jardín de las Hespérides o el Imperio del Terror, pero a pesar de estas remembranzas de Walter Scott no consigo emocionarme. Envidio al señor de Chateaubriand, que lloriqueaba frente a cada ruina. Una embarcación ondula sobre las olas. Sube y baja, en su avance solitario, hacia el roquedal. Me acuerdo de Gillat el Maligno. Doy vuelta a la torre. Un robusto toro, amarrado con una cuerdecilla, pasta en la pendiente. Describo una amplia curva prudentísima, pensando en qué dirección me largaré a correr si la bestia embiste hacia mí, pero la fuerza de la naturaleza no se digna verme; tranquila, cuchichea con sus belfos junto a las piedras. Me marcho, al tiempo que me digo: al diablo con las antiguedades”.

 

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Lo interesante de Cosmópolis es que también es una suerte de necrópolis, y no exactamente porque los lugares descritos hayan cambiado sustancialmente, sino porque en sus páginas se despliega una galería del olvido. Los escritores convocados, salvo contadas excepciones, no han perdurado sino por razones extra-literarias, y su relevancia, en casi todos los casos, es regional. Mariátegui sobrevivió como renovador del marxismo, Reyes es un escritor fundamental sólo en México, Sarmiento y Rodó conciernen a los interesados en la evolución de una filosofía americana, Palma y Matto de Turner son lectura obligatoria solamente en los liceos del Perú –y tal vez sea similar el caso de Wilde, Mansilla y Groussac en Argentina. Las excepciones son los poetas: Darío, Neruda, Vallejo, y en cierta medida Martí; y dos narradores de creciente popularidad: Cabrera Infante y Arlt.

 

En una época en que la estandarización del lenguaje ensayístico es obvia en casi todas las revistas literarias del continente, no les vendría mal a muchos de nuestros críticos y escritores aprender de muchos de estos viejos maestros olvidados –aprender de sus excesos, sus manierismos, sus riesgos, su empeño en forjarse un estilo claramente personal. Porque si una cosa aprendieron muchos de ellos, es que el viaje, aparte de ser concreto e íntimo, es un viaje literario y linguístico, un viaje en que el hombre tiene la oportunidad de dejar constancia de su estilo, su voz.

 

Marco Antonio Escalante, autor de “Malabarismos del tedio” (Siete Vientos, 2013)

 

Lecturas: Un texto de Robert Walser

Solicitud de empleo

Robert Walser

 

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Estimados caballeros:

 

Soy un joven pobre y desempleado con algo de experiencia en el área de los negocios. Mi nombre es Wenzel, y como vengo buscando una posición adecuada, me tomo la libertad de preguntarles, de manera cordial y amigable, si en sus oficinas ventiladas, plácidas y luminosas, tienen un trabajo semejante para mí. Sabiendo que su orgullosa empresa es grande, antigua y próspera, cedo a la placentera tentación de suponer que tienen disponible un lugarcito cómodo y agradable , en el cual pueda yo escabullirme como si se tratara de una cálida madriguera. Estoy excelentemente capacitado, os lo digo, para ocupar apenas ese modesto refugio, puesto que mi naturaleza es enteramente delicada y en esencia no soy otra cosa que un niño soñador, gentil y tranquilo, que se alegra cuando se topa con gente que entiende que no pido demasiado y me permite tomar posesión de un pedazo pequeño, muy pequeño, de existencia, donde pueda yo ser útil a mi propio modo y sintiéndome en paz. Un lugar pequeñito, dulce, sosegado y en la sombra ha sido siempre la materia tierna y sustancial de mis sueños, y si las ilusiones que guardo con respecto a ustedes crecen ahora intensamente, al punto de sembrar en mí la esperanza de que mi sueño, reciente y antiguo, pueda convertirse en deliciosa realidad sensible, entonces déjenme decirles que tienen en mí al más fervoroso y leal de sus servidores, que ejecutará concienzudamente todos sus deberes, llevándolos a cabo con precisión y puntualidad. Os advierto que no puedo realizar labores grandes y difíciles, y que las obligaciones de largo alcance son demasiado intensas para mi mente. Debo admitir que no soy demasiado listo, y que no me gusta, sobre todo, imponerle a mi inteligencia demasiado esfuerzo. Soy más sueño que pensamiento, nulidad más que fuerza, opacidad más que brillo. ¿Existirá en su inmensa institución , que imagino saturada de oficinas y cargos subsidiarios, algún tipo de trabajo que uno pueda realizar como si lo hiciera en un sueño? –Para ponerlo del modo más claro: yo soy un chino; es decir, una persona que juzga todo lo pequeño y sencillo como algo hermoso y placentero, y todo lo grande y laborioso como algo terrible y horrendo. Apenas sé de la necesidad de sentirme cómodo, de modo tal que cada día pueda yo agradecerle a Dios por el favor de la vida, con todas sus bendiciones. La pasión de llegar lejos en la vida me resulta ajena. Tan ajena como me resulta Africa con todos sus desiertos. En fin, ahora ya saben ustedes qué tipo de persona soy. Escribo, como pueden ver, de manera agraciada y fluida; y no quiero que me imaginen desprovisto de toda inteligencia. Mi mente es clara, señores, pero se rehúsa a abarcar demasiadas cosas y por tanto las evita. Soy sincero y honesto, y sé muy bien que estos dones son apenas un pequeñísimo tesoro en el mundo en que vivimos; pero estaré esperando, estimados caballeros, por aquello que se les antoje responder a su respetuoso siervo, de seguro anegado de obediencia.

 

Atentamente:

 

Wenzel

 
Traducido por Marco Escalante
 

Cine: El zapato de Max Linder

Breve historia de un zapato

 

Se trata de un hombre elegante. No necesariamente rico. Elegante en el sentido espiritual. Es Max Linder y sube las escaleras de un hotel al mismo tiempo en que una bella joven lo hace. Entran ambos a sus respectivos cuartos simultáneamente, pero dejan sus zapatos fuera. En soledad, los zapatos despiertan y comienzan un cortejo que culmina en besos y abrazos. Al día siguiente, Max se va a la playa a escribir –no se sabe exactamente qué, pero el escenario es sublime: a sus espaldas ruge un mar que amenaza devorar la enorme roca sobre la cual Max se inspira. De pronto el zapato enamorado quiere abandonar la playa, el pie de Max parece independizado. Max se aferra a la roca, pero el zapato, liberado, se lanza hacia el camino que conduce a la ciudad.

 

¿No es esta una aproximación surreal a la idea del flaneur de Baudelaire? La poesía arrastra a Max hacia el mar, pero esa es una fuente de inspiración ya caduca, momia del romanticismo del siglo anterior. El magnetismo moderno lo ejerce la ciudad. Son sus caóticas calles, que invitan al desvío y a la distracción, las que al final alimentan la promesa cinemática de Max. Este hombre elegante, intranquilo, distraído, quiere amores de un minuto y su zapato lo sabe. El amor real es el camino, la digresión estampada en el asfalto.

 

Qué distancia entre este zapato cortés y seductor y el zapato que años más tarde se come Chaplin en “La quimera del oro”. El nuevo siglo se presenta con sus revoluciones a cuestas. Obreros, capitalistas inescrupulosos, policías que contienen el temblor de los barrios miserables, le dan otro matiz a los tiempos. O Max se suma a la masa bolchevique como intelectual comprometido, o desaparece. Elegante de la manera más triste, Max desaparece. La gloria se la dividen Chaplin y Buster Keaton.

 

Pero el hombre del zapato enamorado no es una sombra sencilla y desfasada. O un pobre enajenado que sigue a su primer impulso. En la vida real, muestra su valor y su afán de compromiso. Max Linder, el hombre, marcha voluntariamente a la trinchera durante la guerra de 1914 y regresa años más tarde moralmente destruido.

 

Es casi un lugar común encontrar la mueca triste tras la sonrisa dibujada de un payaso. Se sabe de la personalidad escindida de muchos comediantes: risa pública, dolor irreparable en lo privado. Pero yo veo en el traje bien planchado de Max, en la cortesía artificial de sus maneras, cierta melancolía secreta. La melancolía del caminante creador. Max Linder se suicidó en 1925. Un hombre que se come su zapato jamás se suicida: nació para el trabajo y la lucha. Sólo se suicida el que sabe ser ocioso y sigue la luminosa senda que le señala su zapato enamorado.

 
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Marco Antonio Escalante, autor de “Malabarismos del tedio” (Siete Vientos, 2013)

 

Libros: Cigarettes Are Sublime

Palabra de fumador

 

Cigarrettes are Sublime, Richard Klein, Duke University Press, 333 pp.

 

Darcy Ribeiro solía decir que todo, absolutamente todo –leer, escribir, comer, hacer el amor- era un pretexto para encender y fumar un cigarrillo. Este hedonismo curiosamente remite a una concepción apocalíptica que siglos atrás resumió así Michelet en su Historia de Francia: “El tabaco ha suprimido al beso”. Culpa Michelet al tabaco por la decadencia de muchos pueblos franceses, donde la población masculina se entregó totalmente al vicio de fumar, exiliándose del tiempo rutinario y productivo que garantiza el desarrollo de las naciones. Michelet va aún más lejos: el tabaco, enemigo del amor, desplaza al hombre del hogar al aquelarre, de la intimidad familiar a la orgía de la misa negra. Curiosa conclusión, a la luz de esta certera observación de Simon Leys: el tabaco también remite a la celebración cristiana del Miércoles de ceniza, que es un recordatorio de nuestra mortandad. Tal el carácter dual del tabaco, y por extensión del cigarrillo: es, al mismo tiempo, una criatura de Dios y del demonio.

 

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Brassai

En Cigarretes are Sublime, Richard Klein presenta, más que una apología del cigarrillo, un estudio minucioso que revela su dualidad. El cigarrillo, como detonante de la ensoñación, separa al hombre de una realidad aplastante y crea una especie de paraíso artificial donde las ansiedades dan tregua; pero al mismo tiempo, en el centro de ese paraíso espera la conciencia, y al momentáneo abandono puede sucederle la tortura del ensimismamiento. No es ésta la única paradoja: el cigarrillo instala al hombre en un tiempo aparte, al margen de la historia; pero ha sido, históricamente, el compañero del soldado en múltiples guerras, y también de los combatientes libertarios en tiempos de revolución y caos. Símbolo notorio de la libertad en ciertas luchas –una mujer que fuma es una mujer liberada-, el cigarrillo ejerce también una fascinación esclavizante que lleva casi siempre a la adicción.

 

Es, al final, el rostro maligno del cigarrillo lo que lo hace fatalmente atractivo, o en palabras de Klein: sublime. Lo sublime, según Kant, habita en todos los fenómenos que exceden nuestra comprensión y suscitan en nosotros una reacción negativa. Al experimentar una borrasca en medio del mar, no sentimos placer, sino angustia. La misma angustia que de niños sentimos al contemplar ciertos cuadros de Turner, donde pequeños esquifes sucumben ante la violencia de mares infinitos. Lo sublime evoca al riesgo, sugiere la inminencia de la muerte. Y si bien el cigarrillo carece del dramatismo inherente a la idea kantiana de lo sublime, su hechizo, como lo demuestra Klein, está estrechamente ligado a la transgresión y el peligro: siempre se fuma en contra de algo –las restricciones familiares, las advertencias de los maestros, las regulaciones del poder; y a sabiendas de un amenazante porvenir –todo fumador sabe que fumar puede matarlo: la conciencia de su muerte eventual es parte esencial de su rito.

 

Lo más atractivo del libro de Klein no reside, sin embargo, en su factor persuasivo. Leer una apología del tabaco puede ser más doloroso que escribirla. El mérito de Klein está en su atención obsesiva por los detalles mínimos de los poemas, novelas, fotos y películas que analiza. Es realmente apasionante cambiar el enfoque de la percepción crítica y leer, por ejemplo, La conciencia de Zeno, o Carmen, a partir del cigarrillo. Es igual de apasionante especular en torno a una fotografía de Brassai y concluir que el cigarrillo que cuelga de los labios del artista es un elemento esencial para la comprensión de la foto. Los modos de fumar que Klein encuentra en Casablanca, podrían servir como ejemplos de sobreinterpretación o delirio crítico; pero Klein, como buen fumador, apuesta saludablemente por el riesgo y el juego, y su libro, en general, tiene más hallazgos que defectos.

 

En estos tiempos en que la satanización del tabaco ha alcanzado niveles grotescos –apenas hoy me tocó ver un autobús con un enorme cartel que denunciaba la perversidad del tabaco mentolado-, el libro de Klein pretende mostrar la significancia histórica y cultural del cigarrillo, así como sus beneficios. No se trata, sin embargo, de un libro que aboga por el placer de fumar; es un libro contra la censura. La reducción de los espacios disponibles para los fumadores –en muchas ciudades sólo queda para ellos la calle-, puede ser signo de un problema mucho más grande: la consolidación de un sistema que aspira a un mayor control de sus ciudadanos, con el pretexto de velar por su salud. Klein pone al desnudo la hipocresía del sistema que combate y alienta la producción de tabaco, refiriendo una anécdota de los tiempos de Carter: mientras el secretario de salud de su gobierno iniciaba una cruzada nacional contra el cigarrillo, el presidente Carter garantizaba subsidios a los campesinos productores de tabaco. Los idealistas que ingenuamente creen en la honestidad de las campañas oficiales contra el cigarrillo, olvidan que la naturaleza del mismo es sublime: las advertencias que leemos en los paquetes, son casi promesas, invitaciones al riesgo, instrumentos de seducción que tienen el poder de lo prohibido, sobre todo en la conciencia de los adolescentes. Si hay algo malo en esta sociedad, no es la libertad que el individuo tiene de fumar, sino la manera en que el sistema gubernamental opera para consolidar y expandir lo que supuestamente repudia.

 

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Le Fumeur, Joos van Craesbeeck

Otro dato de interés: en 1995, John Boenher, líder notorio del partido republicano, repartió cheques generosos entre miembros del congreso para que velaran por los intereses de las corporaciones tabacaleras. Si bien Klein ilustra detalladamente la hipocresía que caracteriza las acciones del gobierno en su lucha ambivalente contra el cigarrillo, su libro tiene un punto débil: no profundiza en las actividades de la industria del tabaco –su poder corruptor en el congreso, su total indiferencia ante los problemas del medio ambiente que la producción desmesurada de tabaco genera. La inclusión de ese universo oscuro e injustificable regido por capitalistas inescrupulosos hubiera profundizado el alcance del libro, cuya perspicacia literaria supera en mucho su perspicacia política.

 

El tabaco, sin duda, sobrevivirá los embates del presente. Si algo hemos aprendido del pasado siglo, es que ningún modelo de sociedad puede obligarnos a ser saludables o felices. Pero ninguna defensa de los derechos del fumador puede pasar por alto la reflexión profunda en torno al silencio del cuerpo. La idealización del tabaco es indecente. Por siglos hemos arrastrado esa idea nociva de que el cuerpo es algo deleznable, transitorio, sucio, a diferencia del alma, por cuya salvación el hombre ruega a diario al cielo. El cuerpo, desde siempre, ha estado condenado al abuso. La enfermedad es precisamente ese estado en que el cuerpo recupera su voz y clama por un mejor trato, al tiempo que se muestra en toda su dimensión vital, con su muerte a cuestas. Simon Leys, alegre idealista en lo que al tabaco se refiere, planeaba escribir un libro sobre la pintura clásica flamenca que describe las tabaquerías cálidas del siglo XVII. El proyecto sería válido si su galería incluye El fumador, cuadro de Joos van Craesbeeck, donde el cuerpo parece que grita a través de esa gesticulación grotesca del personaje retratado.

 

Marco Escalante, autor de Malabarismos del tedio  (Siete Vientos, 2013)