no te verás en ese

 

Dejó a la mujer en su sitio, con un vino, con dudas y con expectativas. Entró al baño borracho, pero no mucho.
 
—¿Qué habrá pensado?— pensaba. —¿Que le propondría matrimonio? No sé de dónde habrá sacado tal idea. Mujer absurda­—.

 
La verdad es que la mujer que dejaba atrás, sí llevaba el matrimonio en mente. Pensaba que él, ahora escabullido entre sifones y espejos, había sugerido la cena para consumar el hecho: la propuesta. Él la amaba, ¿o no la amaba? Bueno… no, no la amaba. O al menos no pensaba en eso cuándo entró al baño, borracho. Mirándose en los espejos múltiples que reflejaban su rostro pálido.
 
—Mira, querido, tú has hecho todo para que ella así lo pensase.
 
Los bellos de su nuca súbitamente cobraron vida. Estaba allí, sólo. ¿o no lo estaba? Borracho, es verdad, pero sólo y —creía que— no hablaba consigo mismo.
 
¿O sí lo hacía?
 
Miró al espejo que brillaba frente a él y caminó vacilante. —Mira, querido—, su mente repetía. En el espejo hacia el cuál se dirigía, sus ojos se fijaban así mismos.
 
—¿Qué has dicho?

—¿Yo? ¡Qué has dicho tu!
 
Él y el espejo temblaban uno delante del otro. Sonreían. Sus ojos se miraban con la misma claridad, mientras la mujer afuera roía sus uñas. Una brisa bienvenida sopló desde la ventana. Hacía semanas desde que él no sentía el viento. Temblando. Como sus ojos. Como los ojos del espejo.
 
—Oye, amigo, yo he oído voces y aquí no hay otra persona que no seamos nosotros. Yo sólo, quiero decir. Borracho, es cierto, pero sólo. Y tú mirándome.

—Tú mirándome.

—¡Vale!, también es verdad. Yo mirándote a ti y tú…

—Haciendo lo mismo.

—¡Sí! Eso mismo pienso yo.
 
Silencio. El viento volvió por la ventana rumbo a la calle. Llovía. Él pensaba si la mujer de la mesa aún pensaba en el matrimonio. Si pensaba en él todavía.
 
—Sí, contestó la imagen en el espejo.

­—¿Sí qué? ¿Qué, sí? ¿Hombre, de qué hablas?

—De lo que piensas.

—¡Bah!, estoy borracho pero no loco.

—¿Por qué lo dices?

—¿Crees que yo creo que tú puedes leer mi mente? Apenas he pensado en ella y tú me has contestado de inmediato. ¡Vade retro!

—Cásate con ella.

What the fuck, hombre!

—¿What the qué?

Fuck. Es como “¡joder!”, pero en gringo.

—Ah… vale, ya entendí. Pero no huyas más, amigo, no lo hagas. Estás aquí para proponerle casamiento, ¿no?

—¡NO!

—Sí que lo estás. Piensa un poquito, borracho. ¿Hace cuánto tiempo estamos con ella?

—¿Trece años?

—¡Sí, hombre! Trece años. Y todas las cosas que hicimos por y para ella en los últimos meses, dímelo, ¿no fueron estas como previas a la propuesta?

—Uf… estás en lo cierto.

—Sí que lo estás.

—Lo estoy. Pero… si lo hago ahora, si le pido la mano, ¿todo irá bien?

—Sí, te lo aseguro.
 
Miró fijamente a sus ojos despejados, brillantes y profundos. Miró hacia su alma y por fin, le dijo al reflejo:
 
—¡Ya está!, te creo.

—¡Estupendo! Te creo, borracho amigo, yo mismo, te creo. Es cierto, ¿no lo crees?

—Sí. Es cierto. ¿Qué sería de mí si pensase en esto sólo? Sin tu ayuda.

—Sin tu ayuda.
 
Antes de cerrar la puerta detrás de si, antes de caminar hacia la mesa, hacia la mujer, su futura esposa, miró una vez más al espejo con el que hablaba. Con la vista enturbiada, ya sin miedo, aunque con algunas dudas, preguntó:
 
—¿Tú cómo sabes tanto?
 
Y de la imagen distante e indistinta salió una voz como la suya propia y contestó:
 
—Hablo del futuro, amigo. El futuro es el reflejo de la vida.

 

Por Leandro Durazzo, autor del libro tripitaka, publicado por Editorial Medita.

 

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