Literatura: Chesterton y el crimen abstracto

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Del crimen abstracto

 

Gran parte de los experimentos de mecánica se realizan en el vacío. Por ejemplo, para demostrar la validez de las conclusiones de Galileo en torno a la caída libre o al movimiento rectilíneo uniforme, necesariamente se tiene que prescindir, en un nivel abstracto, de la acción propulsora o de resistencia del viento. Esa es la única manera de comprobar la validez de una fórmula, que aplicada a la realidad perceptible siempre opera con un ligero margen de error.

 

El crimen abstracto se despliega de la misma manera en que lo hace un experimento de mecánica, sólo que en este caso el obstáculo es mucho más difícil que el viento: es el hombre mismo, con toda esa complejidad psicológica imposible de ser constreñida a la realidad de un inteligente acertijo; de un acertijo matemático digamos. Pongamos un ejemplo concreto. En El martillo de Dios, notable cuento de Chesterton, un hombre libertino es victimado de una manera que nadie se explica. Su cadáver yace en el margen de una plaza, con la cabeza completamente deshecha, como si una fuerza descomunal se la hubiese destruido con un golpe de comba. Las sospechas entonces apuntan al herrero, hombre de gran fortaleza física que sospechaba de las andanzas de su mujer con la víctima. Nada más absurdo, observa el padre Brown, puesto que ni el hombre más fuerte del mundo podría destruir una cabeza de esa manera con un solo golpe; lo que ha ocurrido tiene una explicación científica que se sostiene en la fuerza de la gravedad. Brown señala la torre de la catedral gótica a cuyo pie yace el cuerpo inerte del infeliz victimado y aclara que hasta un pequeño martillo, lanzado desde aquella altura, podría concentrar tanta fuerza en su curso, que demolería con facilidad la testa más dura. ¿Quién es pues el criminal? Un párroco que suele ir a rezar en ese templo, el reverendo Wilfrido Bohun. ¿Y el asesinado? Su propio hermano, un libertino que ha tenido la osadía de burlarse del castigo de Dios. Bástele al lector recurrir a las entretenidas páginas de este cuento para comprobar que los personajes están puestos allí como trebejos que ocupan de manera precisa los escaques que les corresponden, como simples piezas que se mueven mecánicamente para tejer la trama de un crimen abstracto e imposible cuya solución debe demostrarse al modo de las ecuaciones o los teoremas. No hay en el reverendo Bohun una sola característica que pueda revelarlo como ser humano, puesto que de ser así lo hubiésemos visto meditar en la contemplación de la vida disipada de su hermano, piadosamente tal vez, como corresponde a un sacerdote; en lugar de decidir, en cuestión de cinco minutos, su cruel asesinato. Lo mismo pasa con el padre Brown: se trata de un detective arquetípico envuelto en una sotana; debajo de sus atavíos clericales se esconde el mismísimo Chesterton, maestro de los acertijos inteligentes, de los crímenes abstractos que fuerzan al lector a interrogarse sobre el modo en que se llevaron a cabo, más que sobre los motivos que los desencadenaron. Libres de esas contradicciones que hacen de cualquier hombre un sujeto imprevisible, exentos de esa riqueza que hace de cada ser humano un poliedro de múltiples caras sin un centro que las una coherentemente, los personajes de Chesterton se pierden en una realidad simétrica, irreal, estrictamente matemática y literaria. Es quizá esta ausencia de plétora, de pasiones destructivas, de ansiedades irreconocibles, de desesperación, lo que explica la aparición de escritores como Raymond Chandler; o, para poner un ejemplo más feliz, como el genial Cornell Woolrich.

 

Pero suponiendo que el círculo entero de la interacción literaria, esa esfera que une al escritor con el lector por medio de una trama, sea tan ideal como los crímenes abstractos de Poe, Doyle o Chesterton; suponiendo que los lectores sean como cierto personaje de Cortázar que se aísla del mundo externo para penetrar en la realidad de una novela hasta convertirse en protagonista de la misma; suponiendo todo esto, insisto, cabe concluir que de cada potencial seguidor de las aventuras del clérigo Brown podría extraerse un Flambeau, es decir, un ser humano en quien la angustia y el desasosiego le abren paso a la tranquila deliberación estética, moral o intelectual. Ante la revelación maravillosa de los crímenes abstractos, aquellos lectores menospreciarán de inmediato los crímenes reales que inundan las páginas de la prensa amarilla. El demente que cortó con un hacha la cabeza de su madrastra, el celoso que mató a su amigo tras encontrarlo con su mujer en su propia cama, el deudor que acuchilló en su desesperación al usurero, causarán risa por la torpeza con que llevaron a cabo sus malignas empresas y por la facilidad con que después de su acción fueron capturados. No faltará cruel que juzgue su encarcelamiento como merecido, no tanto por el crimen contra el género humano, sino por el crimen imperdonable contra la imaginación. Porque el crimen real es un sedimento de la barbarie; mientras que el crimen abstracto es una creación de la civilización. Mientras el crimen permanezca en el territorio lúdico, mientras sea solamente un juego perspicaz e imaginativo, tendrá carta de ciudadanía, será absuelto de la misma manera en que son absueltas las fantasías sexuales que implican inaceptables transgresiones. Y el hombre acepta de buena gana esta regla porque lleva muy dentro al niño que fue. Y ese niño, al crecer, no puso su talento al servicio de su natural maldad, sino que la misma se fue ahogando, fue perdiendo sus energías en los juegos infantiles; en ellos fue un asesino, un despiadado guerrero, un conquistador sin principios, un verdadero tirano; en la vida real, ya no puede serlo, puesto que ya lo ha sido en sus ficciones lúdicas. Vayamos directo al grano: la literatura tiene también una función catártica; en ella pierden su ímpetu la violencia destructiva y la seducción de la muerte. En un cuento de Woolrich un hombre encerrado en un ataúd halla en este pasajero infortunio la efectiva terapia contra su miedo a ser enterrado vivo; combate fuego con fuego, se sumerge en la pesadilla para liberarse de ella, del mismo modo en que aquellos primitivos leucadianos se lanzaban desde un promontorio al mar, escenificando un suicidio imaginario cuyo real objetivo era impedir el inminente suicidio real. Alguien me dijo alguna vez que el suicidio de Wherter impidió el de Goethe; guiados por esa observación podemos afirmar que, en un mundo ideal, el crimen abstracto tiene como objetivo impedir la consumación del crimen real.

 

Otra observación adyacente tiene que ver con el hecho de que el cuento policial clásico apela a la inteligencia deductiva de los lectores. Enfrentado al acertijo, el lector tiene que sopesar un gran número de posibilidades, incluso las más absurdas; se ve obligado de esta manera a ponerse en la situación del detective, de la víctima y el criminal. No se identifica por ello con ninguna de las partes en conflicto, puesto que solamente le está permitido identificarse con el laberinto, con el problema y su respectiva solución. Una vez que se ha desenmarañado el misterio, una vez que todo está claro y se pone en evidencia la maravillosa ingeniería empleada en la ejecución del crimen, el lector ideal, ese con el cual probablemente soñaba Chesterton, se dice en silencio: “para qué incurrir en un robo, si no se alcanzará jamás la maestría de un Flambeau; para qué perpetrar un asesinato, si se carece de la sofisticada paciencia del príncipe Saradine”. Matar como lo hace el delincuente común y corriente es un atentado contra el buen gusto; para una mentalidad sofisticada, eso es realmente imperdonable.

 

Marco Antonio Escalante, autor de “Residuos” y “Malabarismos del tedio” (Siete Vientos, 2013)

 

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