Perfiles: José Carlos Mariátegui

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José Carlos Mariátegui 

 

Creo haberme iniciado en la lectura de Mariátegui con dos libros que en su momento me entusiasmaron mucho, pero que después perdieron parte de su interés por diferentes motivos; uno era Ideología y política, y el otro su Defensa del marxismo. Leí estas recopilaciones de ensayos en función de mis incipientes convicciones, para corroborar solamente lo que ya creía. Los documentos partidarios, los informes sobre el movimiento sindical, los textos escritos en función de convenciones organizativas o con afán proselitista, me dieron una idea de lo que era la práctica marxista, la cotidianeidad de la revolución, proceso que hasta en entonces yo sólo concebía en un nivel estrictamente teórico. Pero de pronto me topé con otro tipo de ensayos, más libres, más amenos, más afines a la sensibilidad de un adolescente que nunca había logrado deshacerse de sus inquietudes literarias. Aquellos ensayos estaban agrupados en libros marginales como Cartas de Italia, donde figuran las admirables impresiones que Mariátegui escribió en la ciudad de Florencia, así como la crónica de los amores tormentosos de George Sand y Musset –los amantes de Venecia. Allí fue donde la prosa de Mariátegui me sedujo. Me pareció admirable que su tendencia a escribir con oraciones cortas no bloqueara en modo alguno la fluidez de su prosa y de su pensamiento, que cada pausa fuese como un imperceptible respiro, un recurso de necesidad para su estilo. Era el Mariátegui europeizado, que todavía guardaba en su espíritu el eco de Baudelaire. Sólo que esta vez, familiarizado ya con las fuentes del marxismo, buscaba acomodar su pensamiento social en ese mundo de imaginación y sensibilidad al que por naturaleza se sentía inclinado. En suma, bajo la impresionante estructura del gran Coliseo romano, en presencia del milagro de la capilla Sixtina, Mariátegui ya era consciente de que aceptando a Marx, no podía renunciar a Miguel Angel. Todo esa herencia cultural del Renacimiento la llevó por siempre en el corazón, y no por gusto contrajo matrimonio con Anita Chiappe. Si a su retorno al Perú habría de asumir plenamente un compromiso político que apuntaba al futuro, en Mariátegui siempre pervivió, como una sombra latente, la vibración imaginaria del pasado. Lean sino sus palabras:

 

“Mi pensamiento abandona Vallombrosa, abandona sus luciérnagas, abandona a Zi Mimi y regresa a Florencia. Encuentra una insólita fuerza invocadora en la cúpula de la catedral, en el campanario de Giotto y en la torre alineada del Palacio de la Señora. Y me atribuyo también a la noche. La noche borra un poco la Florencia moderna. Relieva, en tanto, la Florencia antigua. De noche hay en Florencia algo de la Florencia de Lorenzo el Magnífico y de Gerónimo Savonarola. El alma de Florencia sale a la superficie. Y se muestra más y más a medida que cesa el ruido de los tranvías, de los automóviles y de todas esas abominables máquinas que ahuyentan y espantan las sombras del pasado…”

 

Un Mariátegui entregado a la noche. Impensable si se toman en cuenta los ensayos que escribió sobre el alma matinal tiempo más tarde. En estos últimos, tomando a Tilgher como punto de partida, Mariátegui plantea emocionado que la historia de los hombres se divide en tiempos románticos de heroísmo y lucha, y tiempos clásicos de relativa paz y armonía; el marxismo, sensible a las necesidades del mundo moderno, basándose en un ideal de justicia superior al de la revolución burguesa, había empujado a las masas de todos los países a un combate mítico y definitivo, un combate de estirpe romántica cuyo primer fruto maduraba en Rusia. En este escenario conflictivo, la democracia liberal perdía sus últimos bríos e iniciaba así su lento declive, su pacífico tránsito a la noche de la historia; sólo las fuerzas matinales, las que reivindican el valor del día, tenían la salud necesaria para sumarse al combate, a favor o en contra de la revolución social. Y es así como hacen su aparición en el escenario político europeo las fuerzas del fascismo y las del comunismo. Mariátegui observa que los milicianos de ambos grupos se levantan de madrugada y le rinden su debido tributo al sol; atrás ha quedado la decadente afición por la noche y el sentimiento heroico sucede, como agente espiritual y poético, a la melancolía del siglo anterior.

 

Pero aunque Mariátegui abrace la nueva ideología, aunque se deje enceguecer por el resplandor diurno, actual y belicoso del nuevo mito, no contempla en los héroes de la gesta simples soldados armados de una ideología específica y entregados a una fe diferente, en contenido, de la religiosa. Detrás de cada hombre, respira escondida toda una civilización, todo un bagaje cultural, un tesoro inextingible que da músculo y vida a un entramado novelístico que, de incidir solamente en aspectos políticos, sería el equivalente histórico del esqueleto. Para Mariátegui, palabras como “revolucionario” o “reaccionario”, no tienen verdadero peso si no hay un conocimiento esencial del personaje histórico que analiza. En este sentido es magistral el ensayo que le dedica a D’Annunzio. Allí sintetiza de este modo el rasgo esencial que define a aquel escritor italiano:

 

“…es un hombre sin filiación y sin disciplina ideológicas. Aspira a ser un gran actor de la historia. No le preocupa el rol sino su grandeza, su relieve, su estética. Sin embargo, D’Annunzio ha mostrado, malgrado su elitismo y su aristocratismo, una frecuente e instintiva tendencia a la izquierda y a la revolución. En D’Annunzio no hay una teoría, una doctrina, un concepto. En D’Annunzio hay sobre todo un ritmo, una música, una forma. Mas este ritmo, esta música, esta forma, han tenido, a veces, en algunos sonoros episodios de la historia del gran poeta, un matiz y un sentido revolucionarios. Es que D’Annunzio ama el pasado; pero ama más el presente. El pasado lo provee y lo abastece de elementos decorativos, de esmaltes arcaicos, de colores raros y de jeroglíficos misteriosos. Pero el presente es la vida. Y la vida es la fuente de la fantasía y el arte”.

 

Este fragmento nos lleva a otro tema: el Mariátegui retratista. En la América de ese entonces, hay otra figura del marxismo que se especializa en el retrato: el argentino Aníbal Ponce. En los retratos de Ponce se impone cierta lentitud, cierto ritmo pausado, más afín con la novela que con el ensayo. Sus personajes, por ello, adquieren vida propia por obra del detalle o la anécdota luminosa: quién no recuerda a su inigualable Fourier, acongojado por el sufrimiento de una pobre muchacha indigente, a la cual cada día visita llevándole algo de comida. Los principios rectores del estilo de Ponce parecen haber sido la discreción y la pausa: no deja que sus ideas políticas le enturbien la visión de conjunto, tampoco que la prisa de los tiempos acelere su pluma. El retrato que nos ha legado de Erasmo es un retrato familiar, en el mejor sentido de la palabra: tiene la cualidad de una fotografía sentimental y en su estática apariencia se asemeja al cuadro hogareño que un hijo cariñoso guarda de su padre. Erasmo es, después de todo, uno de los padres de la modernidad.

 

Mariátegui tiene un estilo muy diferente al de Ponce, casi opuesto: no contempla a su objeto, lo persigue, lo acorrala y lo ubica con premura en el vértigo de los acontecimientos. Su prosa tiene la prisa de la historia, no repara en anécdotas, va directo al grano: le conviene por ello a su estilo la brevedad periodística o el ensayo corto. Esto no impide que sus personajes adquieran relevancia o espesor literario. Lo que ocurre es que la novela de Mariátegui es tan amplia e infinita que requiere de una necesaria concentración de esfuerzos: son tantos los personajes, tantas las circunstancias de eso que llamó “la escena contemporánea”, que registrarlo todo al modo en que lo hizo Ponce le hubiera tomado más de una vida. A la fotografía nostálgica a que era afecto este último, Mariátegui le dio dinamismo, y nos brindó algo así como un filme: el filme de la revolución social. Es en el drama de este acontecimiento histórico donde se juntan y repelen los personajes más disímiles: Mariátegui, que lo había leído prácticamente todo, capta la esencia de cada uno y lo incluye en un sector definido de eso que llamó “la gran lucha”. Y en el proceso somos testigos de las pasiones, los compromisos, las renuncias y los conflictos políticos y existenciales de escritores como Breton, Drieu La Rochelle y Barbusse; de políticos apasionados como Mussolinni, Lenin y Sorel; de líderes de la democracia liberal como Wilson, Briand y Poincaré; de artistas como Grosz y Chaplin. Nadie se le escapa: bajo las candilejas de la tumultuosa historia del siglo veinte, desfilan incluso las heroínas del naciente cinematógrafo, como Francesca Bertini. Pero lo que más sorprende no es la amplísima cultura que Mariátegui exhibe, sino el espíritu que pone en ella, pletórico de un romanticismo sano, equilibrado y además elegante. No recurre nunca al grito, al improperio o a los golpes bajos; cuando escribe el retrato de Wilson, lo hace incluso con admiración mesurada; y en su evaluación de los plutócratas del capitalismo, en vez de elaborar caricaturas, reconoce en ellos el heroísmo que dio pie a la revolución industrial. La genialidad de Mariátegui ha consistido en colocar a todos sus personajes por encima del esbozo maniqueísta a que tiende el proselitismo, de otro modo no se explica este brillante análisis psicológico de Mussolini:

 

“Mussolini era un convencido ayer como es un convencido hoy. ¿Cuál ha sido el mecanismo o proceso de su conversión de una doctrina a otra? No se trata de un fenómeno cerebral; se trata de un fenómeno irracional. El motor de este cambio de actitud ideológica no ha sido la idea; ha sido el sentimiento. Mussolini no se ha desembarazado de su socialismo, intelectual ni conceptualmente. El socialismo no era en él un concepto sino una emoción, del mismo modo que el fascismo tampoco es en él un concepto sino también una emoción… Mussolini, extremista de la revolución ayer, extremista de la reacción hoy, nos recuerda a Juliano. Como este Emperador, personaje de Ibsen y de Merezkovskij, Mussolini es un ser inquieto, teatral, alucinado, supersticioso y misterioso que se ha sentido elegido por el Destino para decretar la persecución del dios nuevo y reponer en sus retablos los moribundos dioses antiguos”.

 

Pero Mariátegui fue grande no sólo como escritor o como teórico del marxismo; también lo fue como hombre. La emoción y el radicalismo de los años que le tocó vivir, nunca lo empujaron al dogmatismo o la ortodoxia; los continuos reveses de su salud jamás hicieron de él un personaje amargado; su sencillez, su sapiencia, su buena disposición y generosidad –todo esto se adivina en su correspondencia–, lo convirtieron, antes de su muerte, en un faro ideológico y moral de América. Muchas de sus ideas pueden haber fenecido, algunos de sus ensayos son hoy ilegibles; pero la calidad y belleza de la prosa que exhibe en sus ensayos libres, que son mayoría, permanece; y allí está, en el centro de una historia literaria que reclama ser reescrita, junto a esos grandes prosistas, los viejos maestros de antaño –Rodó, Reyes, Ponce–ante cuya obra ensayística palidece tristemente la de las generaciones posteriores.

 
Marco Antonio Escalante
 

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