Guessing George Gissing

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Seis muertes

en la vida de George Gissing

 
 

Primera muerte

 

Tan insólita como la contiguidad entre la aristocracia espiritual y el dinero, lo es la contiguidad entre la sensibilidad clásica y el delito. George Gissing había comenzado a explorar los clásicos de Grecia y Roma cuando todavía era un niño; a los veinte ya estaba en la cárcel, acusado de robo. Nacido en la Inglaterra victoriana, jamás le tocó en suerte recibir una herencia. Sin dinero, no podía enamorar a una mujer educada y con clase, ni escribir sin que mediara un pacto económico en contra. Por años escribió para ser remunerado y halló el amor, al parecer, remunerando. Su primera novia fue una joven prostituta cuya pobreza lo impulsó a robar dinero y posesiones de sus compañeros universitarios. Descubierto, no sólo perdió su libertad, sino también la beca que le garantizaba un espacio en la prestigiosa Universidad de Londres. Murió de esta manera George Gissing para la sociedad victoriana. La verguenza, los antecedentes policiales, el amor ilícito, lo obligaron a autoexiliarse en América, su primera tumba.

 
Segunda muerte
 

Evitemos la molestia del registro minucioso de sus años intermedios, territorio de académicos que gustan de explorar sus voluminosas novelas. A nosotros, por ahora, sólo nos interesan las formas en que Gissing murió. Y así nos trasladamos a Italia. Más precisamente a la región de Crotona, en las costas del Mar Jónico. Gissing por fin tiene un excedente de dinero y se embarca en una expedición que promete devolverle el mundo clásico de su infancia. Busca desesperado los residuos del templo de Hera, los ríos que circulan por las odas de Horacio, el vivarium donde se recluyó Cassiodorum tras su renuncia a la corte de los Ostrogodos. ¿Y qué encuentra? Tierras peladas, ciudades paupérrimas y desiertas, ríos convertidos en arroyos, gente miserable e ignorante. A lo lejos se observa una columna del templo de Hera, pero el clima brutal de la Calabria le impide alcanzar esas costas. Gissing, que había partido de Londres con la esperanza romántica de un Chateaubriand, se encuentra con los páramos naturalistas de Giovanni Verga. Entre el Tirreno y el Jónico, el sueño de Gissing tiene su segundo mausoleo.

 
 

Tercera muerte

 

No abandonemos aún las costas de esos mares. Antes de marchar a Sicilia en busca de otros paisajes, Gissing cae enfermo. El mareo, la fiebre, la falta de apetito se acentúan conforme pasan los días. Vencido por la debilidad y sin poder dormir, contempla cierta noche, en medio de la vigilia, templos romanos y griegos, íntegros, de pie, no como ruinas; pronto invaden su visión personajes clásicos vivos que interactúan en las saludables campiñas de la antigua Roma; es testigo de una batalla sangrienta cuyo mayor protagonista es Aníbal. Todo lo visto tiene una transparencia que no proviene de los libros leídos o los paisajes contemplados, sino de la memoria. O bien el mundo que el tiempo y su erosión le habían arrebatado se lo restituyó el delirio, o Gissing ya había muerto muchas veces, y aquel recuerdo clásico que llegaba con la fiebre y el insomnio no era más que un ejemplo de reminiscencia.

 

Cuarta muerte

 

En The Papers of Henry Ryecroft, un enmascarado Gissing nos avisa del deseo repentino e irresistible de leer un libro específico. En un paseo por una campiña, Henry contempla la ventana iluminada de una casa solitaria y el deseo loco de leer el Tristram Shandy lo asalta. Cierta noche, de súbito le apetece leer la correspondencia entre Goethe y Schiller, y se obliga a despertar horas antes de lo acostumbrado para satisfacer su deseo. Muchas veces el libro no está a la mano –lo dejó en otra ciudad, lo prestó a un amigo olvidadizo, se perdió en un viaje o lo dio de regalo. Y ahora es imposible conseguirlo de nuevo. Gissing/Ryecroft imagina a estos libros ausentes como amigos a los que debe un generoso favor y que se congregan a la hora de su muerte. Morir entre libros, con la angustia de no poder leerlos otra vez, el doble pesar de no haberlos habitado como se habita una casa, de haberlos dejado ir tras un cansancio, tras el giro existencial con que la vida nos condena a la infidelidad de lo nuevo. Muere, muero, morimos todos a diario.

 

Quinta muerte

 

By the Ionic Sea, hermosa crónica de su paso por Italia, muestra a Gissing como un hombre sensual. Atento a los colores del cielo y del mar, al latido de las estaciones, Gissing era un escritor natural antes que naturalista. No en vano organiza su último libro, The Papers of Henry Ryecroft, según las estaciones del año. El mismo nombre Ryecroft, dividido, es un campo de centeno. En una de las tantas prosas que dan cuerpo a su filosofía caminante, registra su entusiasmo ante el arribo de la primavera: “¿Cuántas primaveras más podré ver? Un temperamento optimista diría diez o doce; permítanme la humilde esperanza de contemplar cinco o seis. Eso ya es mucho.” Corría el primer año del siglo XX. La vida le concedió sólo dos. Gissing murió, físicamente, en 1903, tras una complicación pulmonar.

 

Sexta muerte

 

Cassioudorus acompaña a Gissing por las campiñas de Calabria. Es su guía, su espíritu clásico, el punto en que convergen la antiguedad greco-romana y el nuevo cristianismo. La longevidad del viejo guía contrasta, sin embargo, con la enfermiza juventud del viajero. Estos son los últimos versos de un hermoso poema de Porter –The Last Hours of Cassiodorus:

 

I have lived well past my statutory days,

The mapping pen has fallen from my hand,

A hundred years or more of beating wings.

 

 

Gissing vivió casi la mitad. Murió a los 46 en Francia. Pertinente final tal vez, ya que muchos de sus compatriotas lo consideraban un novelista francés.

 

Marco Antonio Escalante

 

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