Perfiles: Julien Gracq, a lo largo del camino

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Carnets du grand chemin

 

La geografía condiciona en mucho el estilo de Julien Gracq en esa pequeña obra maestra titulada A lo largo del camino. Pero se trata de una geografía en estado de inocencia, que no lidia con estadísticas ni cálculos científicos, mucho menos con mapas, sino con caminos vivos, pueblos en actividad, plantas y animales en simbiótica fusión con el paisaje. En su tránsito por los pueblos de la Sologne, escribe esta pequeña estampa: “Estos pueblos donde se circula tan poco por las calles no hablan de abandono o deserción, sino más bien de una actividad oculta y semiclandestina, que huiría de día de los lugares edificados y transcurriría silenciosamente del alba a la noche en el bosque, las landas y los eriales de los alrededores que la absorben; uno cree a veces atravesar un campo de disidentes meticulosos que, antes de echarse al monte y cerrar la tienda, han repintado las fachadas, bruñido los cobres y lavado con lejía las aceras”. Más tarde, adelanta este incisivo juicio en torno a los pueblos eslavos: “Tenacidad, terquedad arraigada, resistencia inagotable a la fatiga y al sufrimiento, pasan por ser características de las razas germánicas y, sobre todo, eslavas, que nos parecen extraer siempre su alimento más cerca del surco, y disponer casi de los insignes poderes de revitalización por contacto de Anteo”. También pisó Gracq suelo norteamericano. Allí se ejercitó en lo que llama Squirrel Watching: “La mecánica de la ardilla no conoce el ralentí, su vida parece hecha, respecto a la duración, de una serie de sacudidas eléctricas que disparan de golpe todos sus resortes y que cortan largos momentos de inactividad expectante”.

 

En las observaciones de Gracq se adivina, detrás del escritor, al hombre de ciencia; y por ello nos resulta natural la fusión de lo poético y lo fáctico. Si su prosa genera una sensación de fortaleza, es porque está cimentada en el conocimiento adquirido a través de la observación empírica. De este punto es que se elevan los ramajes, las inflorecencias descriptivas del mundo físico que incluso en su exuberancia tienen sabor a verdad. La química había hecho algo semejante por Primo Levi, la medicina por William Carlos Williams, y la botánica amateur por Thoreau. No se trata del escritor neo-renancentista al estilo Michelet, capaz de escribir sobre pájaros, mares, rocas e insectos en sus horas de ocio, a la par que construye una historia globalizante de Francia; sino del hombre especializado que concentra sus obsesiones en un solo territorio o decide que este territorio tenga preponderancia significativa sobre los demás. Es decir, la geografía, la química o la medicina no son una afición, como sí lo puede ser la pintura, sino un oficio creativo que en lugar de marchar paralelo a la escritura, se funde en ella y la nutre de manera sustancial.

 

Pienso entonces en ese aristócrata maravilloso llamado Leopardi, que con una ciencia precaria y melancólica descubría los jardines como simples espejismos: ilusiones donde la belleza de las flores y la geometría elegante de los pasadizos, escondía el caos de las batallas orgánicas y la suciedad de la muerte. Su luto lo interrumpe un maleducado Thoreau, en cuyo diario, que también es un pequeño tratado de ciencia natural espontánea, queda registrada la belleza de la descomposición. Cuánto se exalta el trascendentalista americano en medio del lodo y el moho, entre los hongos fermentados que rodean los árboles muertos, cerca de las ciénagas en que la fetidez se mezcla con el aroma de todos los verdores. Como celebrando, en medio del bosque, esa irregularidad del universo que remecía el corazón del viejo Galileo.

 
Marco Antonio Escalante
 

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