Perfiles: El suicidio de Paul Lafargue

El suicidio de Lafargue

 

lafargueUna de las cosas que más resalta en la personalidad de Paul Lafargue es su irreligiosidad. No hay página o situación propicia para la declaración de su ateísmo que Lafargue desperdicie. En su retrato de Marx, por ejemplo, cuando uno menos lo espera, afirma que los misterios de la producción son más importantes que los misterios del cielo. En su libro Por qué cree en Dios la burguesía, después de hallar el origen de la idea de Dios en la imposibilidad del salvaje por explicar sus sueños, establece que tal idea desaparecerá en cuanto los medios sociales de producción se transformen de propiedad privada en propiedad colectiva. La desaparición de Dios: pronóstico errado de Lafargue. Tanto en Rusia como en otras naciones en que triunfó el socialismo, los medios sociales de producción pasaron a ser propiedad común centralizada por el Estado. En ninguno de esos países desapareció la idea de Dios, a pesar de los innumerables catecismos de dialéctica materialista. ¿La razón? No la supo ver Lafargue. Dios no es solamente superestructura, reflejo ideológico del modo de producción, idea que surge y pervive para justificar las profundas desigualdades de un sistema económico; sino la raíz elemental del espíritu del hombre, el consuelo de sus limitaciones, de su imposibilidad de hallar una respuesta absoluta a la clave del universo. El hombre cree porque no puede saber, porque la realidad es más grande que él, porque necesita de un sostén inmaterial que impida que se pierda en los misterios del nacimiento y la muerte.

 

Lafargue no llegó a comprender que la única rebelión humana posible, ante la idea de Dios, es la duda en movimiento, la que salta de la fe a la incredulidad, de la pía aceptación a la herejía; la que mantiene un diálogo abierto con Dios y no lo tiene por padre autoritario ni gobernante absoluto de los asuntos humanos. La rebelión que abole a Dios suspende el debate, niega la continuidad, impone la respuesta automática, mecánica, fácil. La pasión por la última palabra, en materia religiosa, es algo que Paul Lafargue comparte con el clero.

 

Debido a este mecanicismo las obras de Lafargue dan la impresión de estar escritas por un hombre que no duda. Todo en Lafargue es certeza, hasta su muerte, calculada con la precisión de un comerciante frente a la balanza, la exactitud de un hombre de ciencia manipulando probetas. En plena posesión de sus facultades, concluye en su lejana juventud que un hombre no debe vivir más allá de los setenta años; hacerlo significa sufrir las humillaciones propias de la senectud. La vejez, que en el ideario de Platón provee de la serenidad necesaria para la sabiduría, en Lafargue es sinónimo de decadencia. Platón enfatiza la llegada del saber, del conocimiento maduro que influye necesariamente en los asuntos humanos más relevantes: apunta en cierta medida hacia la gerontocracia, el gobierno de los seniles que le cierra a la juventud, por inexperta, por apasionada, las puertas principales del foro político. Lafargue, en cambio, fiel al espíritu anárquico, apunta hacia la muerte, hacia la retirada oportuna ante la impotencia de ser pieza clave en las transformaciones históricas, dejando el rol directriz de la lucha a las nuevas generaciones, dueñas legítimas del mundo. En 1945, Drieu LaRochelle había decidido no vivir más de cincuenta años. Su determinación se había originado al contemplar el lento deterioro físico y mental de sus abuelos, a los que amaba incluso más que a sus padres. Por ese dolor infantil que lo marca para siempre, Drieu concluye que la senectud, en efecto, es una experiencia humillante. La suya es, sin embargo, una opción netamente personal, su origen es biográfico. Lo que enaltece la visión de Lafargue, en cambio, es que se trata de una vision política enraizada en la certeza de que la dirección del combate social, en cierto momento, debe ser delegada a los jóvenes. En ellos se observa plenamente la celebración de las fuerzas de la vida, el vigor físico, la fortaleza del ánimo, la incorruptibilidad de las ideas, la entrega incondicional a la Revolución Social. El suicidio de Lafargue es de alguna manera una expresión de protesta frente al liderazgo esclerótico del movimiento socialista francés, en cuya cúpula directriz se habían encaramado ancianos como Guesde y Jaurés.

 

Es la calidad del hombre, más que la calidad de sus escritos, lo que tiene que evaluarse cuando se habla sobre Paul Lafargue. Puede que sus concepciones sobre Dios, la caridad y el trabajo sean superficiales y dignas de olvido. No lo es, sin embargo, esa rara congruencia entre su pensamiento y sus actos. Negó a Dios y vivió y murió sin él. Desde su conversión al marxismo, siempre fue fiel a los principios básicos del mismo, indignándose casi al final de su vida por las sucesivas concesiones del socialismo parlamentario y la supresión de la violencia como medio para transformar la realidad. Luchó innumerables veces contra las tendencias moderadas de Jaurés y Guesde; apoyó, en la medida de lo posible, a los combativos seguidores de Hervé; no olvidó nunca lo aprendido de Proudhon: era un heterodoxo inconsciente. Hay quien señala entre sus defectos el materialismo monetario. La acusación es absurda. Lafargue fue sumamente generoso con sus camaradas pobres y parte considerable de su fortuna sirvió para el sostén de su partido. Lafargue no era avaro, no se mató porque se le acabó el dinero. Se mató porque la proximidad de la vejez, con todas los sufrimientos que la misma acarrea, desde la decrepitud mental hasta el desmoronamiento físico, le impediría muy pronto el disfrute pleno de las cosas de este mundo. A Lafargue le gustaba vivir, pero no de cualquier manera. Su materialismo no era monetario, sino ideológico y moral. Vivir más de la cuenta, soportando las humillaciones de la ancianidad, viendo cómo lentamente las facultades del cuerpo claudican, despertando la compasión de los demás; era un acto de cobardía, una inmoralidad, una resistencia inútil al devenir de la naturaleza. Lafargue no era terco en estos asuntos. Respetó la ley de la transitoriedad. Se admitió perecedero.

 

Marco Antonio Escalante

 

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