Literatura: The Ashbury Sisters

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The Ashbury Sisters

 
The Rings of Saturn, W.G. Sebald, New Directions Books, 296 pp.

 

De todas las historias que sintetiza con mano maestra Sebald en Los anillos de Saturno, la que más se aproxima a lo que podría ser el núcleo de un manifiesto artístico, es el pequeño relato de las hermanas Ashbury, que cosen y descosen permanentemente un milagroso brocal para un vestido de novia. La belleza de esta prenda es indescriptible, y el narrador de la novela, en su intento por captar cada detalle, parece sugerir que el delicado proceso de la creación puede ser el mismo en una sala de costura que en el cuarto aislado de un escritor empecinado en la tarea huidiza de plasmar la perfección.

 

Las hermanas Ashbury son solteras, y es probable que así permanezcan hasta el día de su muerte. Irónicamente, tejen y destejen por una eternidad el traje de novia que jamás usarán. Tal vez la vida de todo artista tenga esta misma particularidad. Culminar un libro comenzado cientos de veces, corregir una página que cada día promete nuevas revelaciones, plasmar un rasgo imposible de la luz sobre un lienzo, como la misma confección de un traje único e irrepetible, ahoga justificadamente la posibilidad del amor. El arte tiene una relación muy próxima con la castidad y la vida monacal.

 

El libro de Sebald se detiene en algunos de esos genios que eligieron la literatura con devoción absoluta. Alli está Edward Fitzgerald, que alejado de los privilegios que le vienen de familia, se dedica toda una vida a interpretar, reinterpretar y finalmente recrear los versos de Omar Khayyaam. Y también Flaubert, cuyo proceso de escritura envolvía un procedimiento tan maniático, que una página podía tomarle días enteros –esta es la diligencia que heredó de él su hijo más ilustre, Kafka, que al marchar a Zurau, pretendía escribir diez hora diarias. Sobra incidir en la soledad creativa de estos tres genios.

 

Hay, por supuesto, excepciones que confirman la regla: hombres que fueron grandes artistas con espiritu de cortesanos. Pero en la solitaria castidad o en el salón, el hombre de genio tiene una capacidad anormal para el trabajo; es una bestia de carga, como nos dice Renard. Sebald se detiene en Chateaubriand…

 

Si algo resalta en la epoyeya literaria del vizconde, es el escrúpulo insólito que invertía en cada pieza de ese rompecabezas infinito que son sus memorias. ¿Cuántas páginas reescribió Chateaubriand? A menudo encontramos referencias a sus notas, a sus papeles desperdigados, y de pronto, 40 años más tarde, se toma el trabajo de culminar la tarea utilizando solamente esas pequeñas señas, esos vestigios del pasado que atormentan su memoria. Olvidemos por un instante al animal político, ya demasiado famoso por sus líos con Napoleón y Talleyrand. El verdadero Chateaubriand es el que sueña, el que divaga en torno a su infancia y juventud londinense, el que seduce involuntariamente a Charlotte Ives. Ese es el Chateaubriand que escribe y reescribe y vuelve a reescribir, el que en su laborioso empeño se une a los de su casta: Fitzgerald, Flaubert, las sencillas y humildísimas hermanas Ashbury que nada tienen de geniales. Que solamente a punta de diligencia y voluntad alcanzaron ese límite de la delicadeza creativa por la cual los hombres, al menos por un instante, se parecen a los dioses.

 

Marco Antonio Escalante, autor de “Malabarismos del tedio”
 

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