Perfiles: E. B. White

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Un tal E.B. White

 

 

E.B White era un escritor sin serlo. En esto se diferencia de la mayoría de los escritores, a quienes no les queda más remedio que ser lo que son. Primero que nada, E.B White, según propia confesión, leyó poco. Según Hume, Rousseau leyó poco; según Grimm, Montaigne leyó poco. Según White, White leyó mucho menos que Rousseau y Montaigne, y por lo general libros de poca valía. Cuenta que una vez intentó leer a Joyce. Después de veinte minutos tiró el libro a un costado y regresó presuroso a sus historias de navegación y pesca. Digamos que el talento se lo dio la vida, y que su técnica fue producto de una extraña combinación de lecturas en que los libros de calidad fueron los menos.

 

El otro misterio es su noción de la disciplina. White comprendía el valor del trabajo arduo. Decía que una disciplina rígida y brutal era necesaria en aquellos escritores que tenían bien claro su propósito. Pero como el propósito de White era difuso, inventó una disciplina al aire libre. Si cierto día amanecía con ganas de pescar, abandonaba sus escritos sin pensarlo dos veces. Su disciplina consistía en seguir un impulso interior, y pronto descubrió que la literatura muchas veces, cuando no la buscamos, nos encuentra. Un día por capricho terminó en un zoológico, con tal fortuna que pudo presenciar el nacimiento de unos venados; la huella escrita de esta experiencia es hoy un ensayo clásico.

 

White carecía además de las manías del escritor enclaustrado. No le molestaba el ruido, mucho menos la presencia de sus familiares justo en el momento en que estaba escribiendo. El cortejo de intrusos era interminable –alguien pasaba la escoba sobre sus zapatos pero él seguía tecleando, diálogos exaltados provenían de la cocina pero él seguía tecleando, el perro saltaba sobre su regazo y él igual, tecleando. O simplemente paraba y disfrutaba de la domesticidad de su entorno. Las interrupciones eran como comas, puntos, paréntesis de su proceso, que no renegaba del accidente o el azar.

 

No le gustaba la música. Tampoco la pintura. Hubiera preferido escalar una montaña a someterse a una sesión de ballet. Era un hombre tosco, un campesino, con suficiente amplitud de espíritu como para enseñarnos a todos los letrados el misterio y la pluralidad de la sensibilidad. Cuando le preguntaron por qué le gustaba New York, respondió bucólicamente: “Porque aquí hay más campo de lo que parece. Si te fijas en la cantidad y variedad de pájaros que visitan New York en primavera, verás a New York como una extensión del campo”. Y allí donde encontramos por lo general los tristes ensueños del concreto, White supo hallar la respiración del mundo natural. “Los hombres también somos animales”.

 

Sin la cultura enciclopédica que sostiene el trabajo de la mayoría de los ensayistas, White no tuvo otro recurso que la vida. Pero esa perspicacia que no supo derrochar en los libros consagrados, la aplicó a cada una de sus experiencias, captando con sabiduría esos detalles excepcionales que hacen de la literatura pequeña una literatura grande. Y eso se ve claramente en su ensayo-relato “La muerte de un cerdo”. Dejemos a un lado la reflexión metafísica, no toquemos los misterios de la muerte. Sigamos solamente, con el corazón, este detalle brutal: a la pequeña granja de White llega el veterinario McDonald a atender al cerdo enfermo. Ha traído a su novia, pues vienen de un picnic junto al río. Después de tomar los instrumentos médicos, los tres se dirigen al corral donde el cerdo agoniza. Con su linterna, White alumbra la mano del veterinario que explora el recto del cerdo, midiendo su temperatura. De pronto, los ojos de White captan por un solo segundo la mano de la novia, cuyo anular lo adorna un anillo de compromiso. Qué magia tan triste la de este momento. El recuerdo de una tarde campestre junto al río, las promesas del amor y el matrimonio, el futuro plagado de hijos, de pronto entran en contacto con el lodo, la sangre, la pus, la miseria del sufrimiento y la muerte. Una experiencia así transforma a cualquiera. Está más allá de la literatura. Por esas regiones se paseaba de vez en cuando E.B. White, ensayista que lo era sin serlo.

 

Marco Antonio Escalante, autor de “Malabarismos del tedio” (Siete Vientos, 2013)

 

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