Cine: Nymphomaniac

Nymphomaniac

 

Observar los créditos finales de una película siempre reserva sorpresas. En los de Nymphomaniac, Lars von Trier incluye su agradecimiento a Andrei Tarkovski. Si se trata de una fuente de inspiración, el hecho, en apariencia, es paradójico: Tarkovski lidiaba a menudo con los asuntos del espíritu; la película de von Trier es brutalmente carnal, al punto que el pudor de los censores le ha restado más de veinte minutos antes de su exhibición en los Estados Unidos.

 

Más curioso todavía es el modo en que la protagonista compara su experiencia sexual con la polifonía de las composiciones de Bach. Un amante proporciona la nota del sacrificio y la devoción, otro satisface su necesidad de sentirse poseída y humillada, y un tercero representa vagamente al amor: los tres son elementos entrelazados armónicamente en una composición sexual que es también coral y visual. Visualmente, von Trier desacraliza el tríptico medieval y lo puebla con imágenes de cópula y cunnilingus donde la protagonista es la imagen antitética de la virgen.

 

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La película está llena de durísimas oposiciones: la música de Bach es el contrapunto de un tema metalero que irrumpe al principio y al final de la película; las imágenes de sexo, explícitas, contrastan con las escenas casi pastorales que muestran a la protagonista caminando por un parque; la vieja historia de amor entre un hombre maduro y una jovencita se convierte en un pequeño infierno de cámara donde la jovencita es una ninfómana; el amor y el sexo, territorios de luz y salvación en casi todos los filmes que produce la industria, aparecen como zonas oscuras, peligrosas, ignotas –al principio de la película, la cámara de von Trier se pierde, significativamente, en un hoyo negro.

 

Tal vez la interpretación más obvia tenga que ver con la espiritualización del cuerpo. La música, como la pintura, aún cuando su tema es religioso, son experiencias profundamente sensoriales. Las experimentamos fundamentalmente con el cuerpo. Es posible que los mejores poemas eróticos los hayan escrito los santos. Y en ciertas esculturas de la antiguedad, la expresión del éxtasis divino se asemeja al orgasmo. La dicotomía cuerpo-alma pierde terreno. Y así Miguel Angel, que pintó a Dios como una voluntad viril,casi como un atleta olímpico y sensual, adquiere la relevancia que perdió Rafael.

 

Pero la película de von Trier es más rica. No tiene la austeridad religiosa de los filmes de Bruno Dumont. No se pasea por sus intersticios la sombra de Dreyer. La película de von Trier no tiene tesis ni objetivo claro. Instala al amor, al deseo, al sexo, en un terreno franco de discusión, en esa zona gris donde las preguntas, los temores y los riesgos abundan, mientras las respuestas escasean. En este sentido, von Trier se une a esa corte reducida de cineastas crueles que exploraron el amor y el sexo sin hacer concesiones: los nombres de Polanski, Zulawski y Buñuel son los primeros que acuden a mi mente.

 

Obra maestra inclasificable, Nymphomaniac merece que la veamos en su integridad algún día. Ojalá el Film Center se anime.

 
Marco Antonio Escalante, autor del libro Malabarismos del tedio .
 

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