Libros: ¿Quién es Simon Leys?

Puentes

 
The Hall of Uselessness, Simon Leys;  NYRB; 577 pp.

 

leysEn cierto libro de Fromm, se cuentan dos pequeñas anécdotas, una sobre Basho y otra sobre Goethe, con la finalidad de establecer una diferencia entre oriente y occidente en sus respectivas visiones de la vida. En otro, firmado por Ivan Morris, se contrapone la visión que la cultura japonesa tiene del suicidio con la que supuestamente prima en Europa. La costumbre de ofrecer grandes cuadros comparativos como soporte de una tesis central, conlleva siempre el peligro de la simplificación o el reduccionismo, como bien lo demostrara Margaritte Yourcenar en un ensayo titulado “La nobleza del fracaso”, que analiza precisamente el libro de Morris.

 

Simon Leys, un maestro del ensayo contemporáneo, parece encarnar la viva contradicción del mal descrito líneas arriba. En lugar de enfatizar diferencias y contrastes, tiende puentes invisibles que demuestran la insólita relación entre culturas, autores o libros en apariencia disímiles. En sus ensayos, cuando parece sostener sus puntos con la ayuda de sus lecturas europeas, de pronto aparece un escritor chino o una anécdota africana, como si en la iluminación de un mismo tema convergieran con felicidad mundos totalmente apartados. Este saludable acercamiento parece consecuencia de su curiosidad y su errancia. Leys explica que es muy común entre los escritores que habitan en ciudades grandes ignorar el resto del mundo porque tienen la impresión de que en la metrópoli lo tienen todo; mientras que los escritores que viven en pueblitos aislados, como Goethe, muchas veces aspiran a un conocimiento universal para poder emigrar al menos con el pensamiento. En Hong Kong, Australia y Bélgica, Leys aprendió a tender puentes que liberan al intelecto del provincialismo.

 

Pero el provincialismo es tenaz en todas partes. Leys denuncia su presencia en la cultura francesa. Julian Barnes intenta, por su parte, amainar la aversión que en Inglaterra se siente hacia Francia. En los Estados Unidos, siguiendo un rumbo totalmente opuesto, Tom Wolfe enarbola sin venguenza las banderas del provincialismo y exaltado denuncia la presencia ubicua de autores franceses en los programas educativos de las universidades americanas, cuando en este país, el más poderoso del mundo, se produce todo lo que se necesita tanto en el orden material como en el espiritual. Según Wolfe, el marxismo rococó ha colonizado la mente juvenil americana y ya los estudiantes no quieren saber nada de Emerson o Thoreau. En esta estrechez de miras, aunque refiriéndose al caso francés, Leys detecta cierto resentimiento, cierto orgullo herido que suele afectar a los intelectuales de naciones cuyo pasado glorioso resalta doblemente su presuroso declive.

 

Otro de los elementos fundamentales de la ensayística de Leys es la anécdota. Es muy común entre los escritores emplear anécdotas en sus ensayos, crónicas o retratos, con el fin de reducir el peso y la abstracción de las ideas con una dosis de humor o un detalle pintoresco. La anécdota, en estos casos, es un elemento exterior, decorativo, prescindible. En Leys, la anécdota está siempre íntimamente asociada con las ideas que expone, son decisivas en su esclarecimiento, están integradas al texto por necesidad. En ese maravilloso ensayo breve que dedica a los malentendidos creativos, narra la historia de unos aldeanos de Africa, que al ver películas clásicas americanas en un cinema improvisado por un mercader griego, pensaban que los héroes no eran los grandes actores, sino esos negros que aparecían por segundos lustrando zapatos, cargando maletas en la estación de trenes o limpiando las mansiones de sus amos blancos. En su ensayo sobre Chesterton, emplea una pequeña anécdota Zen en torno a la idea del Buda, para ilustrar uno de los principios básicos de la moral del escritor inglés: su apego a la realidad, a lo existente.

 

Chesterton, por cierto, remite siempre al humor. En esta época en que el mal denominado “ensayo literario” multiplica su banalidad por todas partes, Leys cultiva el rigor y la erudición, y el humor de sus ensayos está perfectamente encubierto por un tono serio. En su ensayo sobre el ocio, está muy lejos del discurso digresivo que glorifica sofismas, y más lejos todavía de ese tono jovial en que aleccionan los ensayos de Charles Lamb y William Hazzlitt, cuyo eco parece que se multiplica en los Estados Unidos, donde el “ensayo personal” ha pasado casi a ser lo que el haiku en Japón. No, su ensayo sobre el ocio es un ensayo erudito cuyo propósito es iluminar en torno a dos aspectos contradictorios de su tema, sin idealizaciones de ningún tipo: el ocio como generador de reflexión y cultura en las civilizaciones de antaño, y como producto del desempleo masivo en la sociedad contemporánea. En su breve exposición recurre a cuantiosas fuentes: Reverdy, Nietszche, Confucio, Chesterton, Platón; de modo tal que una breve página se convierte casi en un compendio enciclopédico del tema, pero donde cada cita es oportuna.

 

The Hall of Uselessness, libro que congrega una selección bastante amplia de sus ensayos, confirma a Leys como uno de esos poquísimos ensayistas que podemos calificar de indispensables. Sobresalen en este volumen, por supuesto, sus ensayos libres –Detours, A Way of Living, Writers and Money-, así como aquellos dedicados a China –los retratos de Chou En Lai y Mao son magistrales. Hay unos pocos puntos débiles que no mellan la enorme calidad del libro –el texto dedicado a Jean Francois Revel establece una dicotomía absurda entre claridad y oscuridad que trae a la memoria esos pesados discursos de Vargas Llosa en torno a la higiene intelectual; la segunda parte del ensayo dedicado a Chesterton, pretende enfatizar la relevancia actual del escritor inglés, pero para ello elige la parte más santurrona de su obra, esa que observa en la anarquía sexual y el rechazo de la institución del matrimonio signos del mal y la decadencia.

 

El libro abre con una cita de Zhuang Zi: “Todos saben de la utilidad de lo útil; pero pocos saben de la utilidad de lo inútil”. En esta galería de ensayos, Leys demuestra con creces que pertenece a la raza de esos pocos que aprendieron a ver la utilidad de lo inútil.

 

Marco Antonio Escalante, autor de “Malabarismos del tedio” (Siete Vientos, 2013)

 

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